Porque sí, porque la vida lo quiso, soy así. Apasionada y dulce, analítica, pragmática. Acepto la realidad, no me engaño más. Ya me engané, ya me engañaron. Lo lamento, por ellos, no por mi. El dolor, como el sol, madura, forma. y por eso, porque sí... Soy asì.

viernes, 21 de enero de 2011

Ella y Vos




Ella y  Vos





Ella recorria el camino con pasos largos,
buscando avariciosa el horizonte.
Tú dibujas las paredes con las manos,
procurando adivinar dónde te hallas.

Ella soñaba un futuro feliz y luminoso,
colmado de proyectos y aventuras.
Tú vives un presente oscuro y azaroso,
lleno de incertidumbres y de ocasos.


Son una, lo sabes... Más no lo son...
Sufrieron desengaños y crearon utopias,
ella se quedó con un quizás, un yo podría.
Tú te convertiste en un triste ya no puedo.
Ella fue caudal de ilusiones y promesas y
tú eres un cúmulo de proyectos cercenados.



El excentrico juego de la vida,
hizo de ti  una hoja al viento.
Te llevó una mañana hacia la niebla,
 para dejarte, en un remanso,
esperando  el ocaso que se acerca.



Tras las nubes que empañan tu mirada
ves transcurrir la vida de los otros.
No te ofendas, no digo que te rindes,
sino que aceptas resignada tu destino.


¿Y cuál ese destino?- me preguntas-
Y yo contesto: Ser solo un testigo
 de la vida y no la protagonista.


María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo


Buenos Aires, 19 de enero de 2011
Derechos Reservados

miércoles, 5 de enero de 2011

de Mujeres II.. Después de la Creciente

Otro relato de una serie de relatos cuyo tema serán las mujeres.

Mujeres que cruzamos en la calle, en el supermercado o en el subterráneo. Mujeres de las que, a veces, sólo percibimos el rastro de su perfume cuando subimos al ascensor. Mujeres que viven en el departamento de al lado, en el edificio de enfrente, en la casa de la esquina o en nuestro propio hogar. Mujeres cuyas vidas entrevemos en la letras de un mail, en charlas de chat o intuímos en una noticia.
De esas mujeres que pasan por nuestras vidas, dejando una marca imborrable, o quizás apenas un leve roce.
De esas de quienes sabemos muy poco y que llevan en su historia grandes alegrías o insondables tristezas.
Acerca de ellas tratarán estos relatos.



Alto Verde, 26 de abril del 2010


Querida Hermana...

Te escribo desde nuestra casa, si se puede llamar casa a lo que encontramos... Las paredes y el techo, sólo eso... ¡Ah no!, me olvidaba, en un rincón del dormitorio, llenos de barro, basura y todo lo que puedas imaginarte, estaban la cama y el viejo ropero con la madera curvada por el agua.
Desde el bote se veía todo bien... ¡Nuestro ranchito estaba en pie!...Por suerte el Tomas pudo hacerlo de material, pero cuando entramos... ¡no tenemos nada, Ramona! Ni una olla quedó. Contamos sólo con lo poco que pudimos llevarnos al escapar de la crecida y lo que nos dieron en el refugio. Pero este es otro cantar...
En estos momentos vestimos de prestado. Casi todo lo que nos dieron era muy usado e incompleto. Al vestido de la Jésica le faltan varios botones, y ¿donde se consiguen botones en este momento? Como mandaron pocas zapatillas y los zapatos se le mojaron cuando entró agua al bote, mi pobre chiquita anda descalza. El Juancito tiene un vaquero dos talles más grandes, y tres remeritas de algodón puestas una encima de la otra. Poco abrigo para el mes de marzo, ¿no te parece? Algunas personas creen que donar es como tirar a la basura,.. ¡Si no cómo podes explicarte que entre los zapatos había sandalias de taco alto para nosotros, que estamos chapoteando en el barro!.. Por suerte, yo conseguí un batón desteñido y unas ojotas.
Esta vez no nos llevaron a la escuela, sino que terminamos en uno de los galpones del ferrocarril. Allí, separados por colchas, lonas y sábanas colgadas de unos alambres que iban de pared a pared, pasamos siete días espantosos, con el calor que bajaba del techo de chapa de día y el vientito helado que se colaba por los tablones mal unidos de las paredes, en cuanto bajaba el sol. Vinieron periodistas de la capital y nos enfocaban con sus cámaras como si fuéramos bichos en exhibición. Lo que más les gustaba filmar era a los chicos, sucios y mal vestidos. ¡Almitas de Dios! ¿Cómo iban a estar limpios si apenas teníamos agua para sacarnos la sed?



Recién ahí apareció el intendente y empezó a repartir pañales y bidones de agua.
Cuando llegó el momento de volver nos dieron poca mercadería. Algo de grasa para fritanga, harina, yerba, unas frazadas y un colchón de una plaza. ¡Para los cuatro! ¿Qué te parece? ¿Se creen que los pobres tenemos suficiente con esto? Por suerte se acordaron de la leche en polvo, ya que la vaca desapareció... ¿A dónde habrá ido a parar la pobre?.. Seguro que estará en el fondo del río junto a los chanchos y las gallinas... ¡tanto esfuerzo perdido, Hermana!
Cuando llegamos al caserío, los chicos se tiraron del bote y fueron corriendo hacia el fondo. Buscaban al Poroto y a la Negra. No pararon de llamarlos hasta que les dije que se habían ido cuando vieron que el agua subía. Mentí, es cierto, pero no podía decirles que seguro estaban flotando aguas abajo junto a tantos otros.
Ramona, querida hermana, tengo que decirte algo muy triste... Con la prisa por irnos, olvidé llevarme la foto del casamiento de los viejos. Así que esa foto, que salvamos tantas veces del agua, esta vez se nos perdió Ya no nos queda ninguna imagen de los viejos, ni un recuerdo de nuestra infancia, sólo aquellos que guardamos en la memoria.
Entre todos estamos limpiando la casa y sus alrededores. Por suerte don Juan, nos prestó un gallo y dos cluecas así que pronto tendremos huevos. Para todo lo demás dependemos de los que nos pueda dar la Intendencia. Es muy feo precisar de otros para comer, pero no hay otra solución. Espero que Dios nos ayude y, con el tiempo, salgamos adelante.
Ramonita, con mucha vergüenza, me veo obligada a pedirte unos pesos, los que puedas... No es por mí, ni por el Tomás, que nos podemos arreglar con muy poco, es para los chicos, para comprarles alguna ropita y un poco de carne ya que hay muy poca pesca, a las gallinas no las podemos tocar y don Manuel no nos puede fiar por ahora, ya que el agua le llevó todo lo que tenía en el almacén. Si no podes, lo entiendo y te pido entonces que le pidas a Tata Dios que nos dé una manito para salir de esta situación.
Muhos besos de los chicos y el Tomás y un abrazo de
Tu hermana, Juana

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo
Buenos Aires, 5 de enero de 2011
Derechos Reservados






lunes, 29 de noviembre de 2010

En la Playa



Miraba a dos chicos que estaban jugando a la pelota en la playa, y de pronto, uno me dio un pelotazo en la nariz.
Hubo una explosión de colores y no supe más de mí. Cuando recuperé el conocimiento, estaba rodeada por un grupo de personas.
¡Qué barbaridad! –decía una gorda de malla roja y capelina de paja- ¿Cómo dejan jugar a los chicos a la pelota en la playa.
¿Estás bien? –preguntó ansioso el cuarentón de la carpa de al lado, con el que había cambiado algunas miraditas el día anterior.
Estoy mareada. Creo que me rompieron la nariz –contesté, mientras pensaba: no hay mal que por bien, no venga. Por fin me habla-.
No sé cuánto tiempo estuve sin conocimiento. Lo que sí sé, es que tenía los labios dormidos l y la nariz me palpitaba como si fuera a explotar.
En eso, llegó el bañero con el médico del hotel. Y, mientras éste me revisaba, el bañero alejaba a los que me rodeaban.
No creo que haya fractura –dijo el doctor, mientras palpaba mi nariz.
¿Está seguro? –pregunté- Me duele mucho.
Seguro, si. No hay fractura. Le va a doler bastante –me contesto.
¿Tengo que ir al hospital? –pregunté a duras penas, porque los labios se me hinchaban cada vez más.
No. No es necesario-replicó -, con el analgésico que le voy a recetar y unas compresas frías, va a estar como nueva en unos días. Eso sí, le recomiendo no dormir durante veinticuatro horas.
¡Veinticuatro horas! ¿Cómo hago doctor? Estoy sola la ciudad. No conozco a nadie que me ayude a mantenerme despierta por veinticuatro horas.
A ver –dijo el -, dirígiéndose a quienes nos rodeaban- ¿Alguien puede acompañar a la señorita?
Si, yo -dijo el cuarentón, que entre nosotros, estaba muy bien -, soy Víctor, el dueño de la marisquería que está en la rambla. Si usted lo permite, quisiera ayudarla en todo lo posible. Me siento responsable del accidente, ya que fue uno de mis hijos el autor del pelotazo.
Le agradecí, tratando de sonreir con los ojos ya que no sentía la boca, al mismo tiempo que le extendía la mano para que me ayudara a levantar.
Me tomó la mano y ese fue el comienzo de nuestra historia.
Hoy, luego de 30 años de feliz convivencia con él, todavía nos reímos cuando vemos como tengo la cara en la foto que una turista me sacó en la playa, pensando que era un notición para el periódico local.
Y más nos reímos cuando el hijo mayor de Víctor, acota: Ése fue el mejor pase que dí en mi vida.-
 
María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo
 
Buenos Aires, 29 de noviembre de 2010
Derechos Reservados

domingo, 21 de noviembre de 2010

Cuestion de peso





Pasaron diez minutos, veinte y veinte más. A medida que amainaba el efecto del whisky bajaba también el volumen del entusiasmo, dejándolo expuesto al hostigamiento de una duda cruel: ¿se habría arrepentido Eloísa? O peor aún, ¿se habría tomado a broma una cita que él, ingenuo, había venido a cumplir religiosamente?
Era esa hora en que el cielo se pinta de lila antes de caer la noche. Habían quedado en encontrarse a las cinco y ya eran las seis de la tarde. Pidió un café y volvió a abrir la notebook. Era una manera elegante de no quedar en evidencia si ella no se presentaba. Quiso conectarse a Internet pero recordó que allí no tenían wi-fi. Se quedó mirando la pantalla. Stonenhenge... siempre lo había fascinado ese paisaje, la solidez de las piedras contrastando con el cielo azul en medio de la llanura era como una alegoría de la soledad. Llamó al mozo para pedirle soda. Al mirar hacia la ventana vio su figura reflejada. No pudo evitar sentir la angustia que lo dominaba cada vez que tomaba conciencia de su apariencia.
Tenés que bajar de peso -había dicho su amigo Simón el día anterior cuando le habló de la cita- Podes ser el más grande de los poetas, pero la gordura es un obstáculo para conquistar a una mujer. El, como otras veces, no estuvo de acuerdo. Confiaba en su poder de seducción, en su labia y los poemas que les recitaba a través del teléfono.
Había en la línea de encuentros en que se había registrado, varías mujeres subyugadas por sus palabras y esperaba que a alguna de ellas le fuera indiferente su voluminosa presencia. ¿Acaso la apariencia de una persona es más importante que su ser interior, integridad y ternura?
Por eso le había interesado la presentación de Eloísa: -“Te propongo que seamos amigos. Que compartamos un café, caminatas y charlemos. Lo demás… el tiempo lo dirá”-. Le envió un mensaje que ella contestó al día siguiente, le gustaba su voz y su manera de pensar. Habían hablado horas y horas. Se conocían íntimamente. Sabía de sus gustos y pesares, de su familia, amigos y trabajo. Habían llegado a sentir un gran aprecio el uno por el otro. Esto les hizo tener cierta expectativa por un futuro en común y empezaron a fantasear un encuentro.
Finalmente llegaron a un acuerdo y se citaron en la confitería Las Rosas. Él tendría sobre la mesa la notebook y un ejemplar de su libro de poemas, y ella llevaría un vestido color malva. Marcelo le había anticipado que tenía algunos kilos de más, no se animó a decirle qué eran más de cincuenta) y Eloísa le dijo que también estaba un poquito excedida de peso. Rieron mientras se hacían mutuas bromas y, luego de cortar la comunicación, el confió en que su sobrepeso no sería un problema.
Perdida la mirada en el cielo azul de Stonehenge no se había percatado de que alguien le estaba hablando.
-Hola, cómo estás. ¡Por fin nos encontramos! -dijo una voz conocida, mientras una montaña de color malva se derramaba sobre la silla que lo enfrentaba. ¿Era Eloísa? ¿Su Eloísa? Pues sí, no había duda. La realidad superaba en mucho a la peor de las imágenes que de ella se había hecho. Obesa, tan obesa que parecía que la piel iba a estallar ante el esfuerzo de contener su gordura. Los ojos azules apenas se entreveían y la boca, también de color malva, pugnaba por emerger entre dos abundantes cachetes. Eloísa no tenía cuello, este había sucumbido envuelto por capas y capas de grasa. Marcelo estaba desolado. Otra vez lo habían engañado. El no podía tolerar una mujer tan abundante. No sabía por qué, pero las mujeres gordas lo inhibían, lo des-erotizaban. Quiso disimular lo que sentía pero era incapaz de mantener una conversación coherente.
Eloísa no se dio cuenta de lo que pasaba y siguió hablando. Llevada por los nervios del momento hablaba y hablaba. Le contó de lo difícil que había sido conseguir un coche que la llevara hasta la confitería, de lo pequeña que era la silla, de la mesa en la que apenas podía apoyar los brazos. El hombre respondía con monosílabos y una sonrisa cortés.
Así continuaron bajo las miradas de los que los rodeaban, unos molestos porque la dulce voz de Eloísa se había convertido en un sonsonete fastidioso y otros porque su corpulencia les hizo apiñarse junto a sus compañeros de mesa.
Justo cuando la mano de ella se había acercado a la de él, como una invitación a la caricia, Marcelo recibió una llamada por el celular. No fueron muchas las palabras que cambió con su interlocutor.
Cuando terminó de hablar le dijo a Eloísa que debía reunirse con el editor de su próximo libro, para aclarar algunos puntos del contrato. Hizo un gesto llamando al mozo mientras le manifestaba la pena que sentía por tener que irse antes de lo pensado.
La ayudó a levantarse de la silla y salieron zigzagueando con dificultad por el estrecho pasillo que los llevaba a la puerta, provocando oleadas entre los ocupantes de las mesas que estaban en su camino, cuando trataban de eludir el bamboleo de sus caderas.
Una vez en la calle, esperaron hasta que pasó un coche lo suficientemente cómodo y se despidieron con la promesa de seguir la charla esa noche por medio de la línea de encuentros. Ninguno le pidió al otro el número de teléfono particular.
Exhalando un profundo suspiro Marcelo vio como se alejaba el taxi, mientras pensaba en lo oportuno que había sido al pedirle a su amigo Simón que lo llamara a las siete de la tarde.
Volvió a su casa. Apenas dos cuadras, pero el paso tardo que le imponía su obesidad hizo que demorara más de veinte minutos. Una vez allí, fue al dormitorio y mientras se cambiaba pensaba como salir del paso. No le gustaba Eloísa, no se veía viviendo con una mujer tan gorda.
Regresó al living, se sentó en un sillón y luego de un rato llegó a la conclusión de que lo mejor era cerrar la casilla y desaparecer sin dar explicaciones. Era una pena porque había varias mujeres con las que le hubiera gustado probar suerte, pero no tenía ganas de toparse con ella.
Decidido, alzó el teléfono y marcó el número de “Buscando amor”. Había varios mensajes, entre ellos uno de Eloísa en el que le decía que no la buscara más porque era un mentiroso. Que le había dicho que tenía unos kilos de más y era un gordo vergonzante, que se había sentido muy incómoda en la confitería al ver como los miraban y, lo más importante, que a ella no le gustaban los gordos.
Marcelo no podía creer lo que oía. Furioso oprimió la tecla del teléfono para responderle. No pudo, la voz impersonal de la locutora de la línea dijo: “Esa casilla ya no existe”. Eloísa le había ganado de mano. Colgó el teléfono y, silbando bajito, fue a la cocina, sacó del freezer un pote de helado y la cuchara que guardaba, por si acaso, en el anaquel superior de la puerta de la heladera. Volvió al sillón y con el control remoto encendió el televisor. Abrió el pote y comió, como sin darse cuenta, mientras pensaba en lo que había pasado.
Decidió que ya era hora de bajar de peso porque estaba cansado de los problemas que le acarreaba su gordura..El lunes llamo al médico y le pido una derivación para la nutricionista –dijo, mientras iba a buscar otro pote de helado.


Eloísa, que le había enviado el mensaje desde el taxi, llegó a su destino. Entró en un edificio de oficinas y subió al tercer piso. Abrió la puerta de la oficina de redacción y se dirigió a la oficina de su jefa, saludando a sus compañeros con la sonrisa fácil que la caracterizaba. Ellos, ensimismados en sus computadoras apenas le contestaban. La puerta estaba abierta, así que entro y, se sentó en un sillón mientras decía:
-No hay caso, Celia. ¡Dijo que tenía unos kilos de más y era tan gordo que yo al lado de él parecía anoréxica! Éste fue el último intento, parece que es imposible dar con un hombre que no mienta en esa línea, sin importar clase social, cultura o inteligencia.. Cuando no son obesos, son calvos, tienen diez años más de lo que confiesan o están casados. Creo que ya hay suficiente material para el artículo sobre las líneas de encuentro y los hombres que pululan en ellas.
Después de hablar un rato sobre el título y la extensión que tendría la nota, fue a su escritorio y mientras se encendía la computadora, entreabrió el segundo cajón del escritorio. Ése dónde escondía los medallones de menta con chocolate. Abrió la caja y se puso uno en la boca. Se agachó simulando recoger algo del piso mientras lo tragaba casi sin masticar. Sintió como bajaba a duras penas por su esófago, se enderezó y atrajo hacia ella el teclado. Empezó a escribir mientras pensaba como había fracasado la última de sus esperanzas. Propuso ese tema, porque le permitía entrar a las líneas de encuentro telefónicas desde su oficina. Pero todo había sido en vano. Cuatro meses de pretendida investigación sólo habían servido para sentirse cada vez más humillada y discriminada por su gordura.
Volvió a meter la mano en el cajón y sacó otra menta, la desenvolvió y le dio un mordisco mientras se prometía: Mañana empiezo el régimen.-

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo

Buenos Aires, 22 de noviembre de 2010
Derechos Registrados

viernes, 12 de noviembre de 2010

Murphy tenía razón...


 “Si algo puede salir mal, saldrá mal”


Creo que la mayoría de las personas está de acuerdo con esta aseveración de Edward A. Murphy. En cuanto a mí, no dudo que este año  ha sido regido por esta sentencia. Es que, en total, estuve más de cuatro meses sin mi computadora y, en consecuencia, no atendí el blog como debería haberlo hecho.
Cuatro veces mi niña informática se declaró en huelga, hasta llegar a casi un estado de no retorno. Durante todo ese tiempo, procuré tomar las cosas con calma y, a decir verdad, me asombró comprobar que no era tan adicta a la computadora como creía. Me hacía falta más por razones prácticas que por dependencia. Extrañaba eso si, el procesador de texto, los últimos audiolibros que había bajado y que dormían en sus entrañas, mi conexión con las radios online y la música que ellas me prodigaban.
Y estas palabras resonaban en mi cabeza: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Fue por eso que, en cuanto me entregaron la computadora, resolví buscar a Murphy y a su famosa ley en Google.. Así fue como descubrí que tiene varios corolarios, algunos de los cuales se ajustan perfectamente a lo que viví estos últimos meses. A saber:
1.- Nada es tan fácil como parece.
Y así fue, lo que en principio parecía algo simple, la fuente de energía no funcionaba, devino en un desastre casi total con más complicaciones de las esperadas y fueron tantas las piezas que hubo que reponer que de mi computadora sólo quedaron el gabinete, la fuente y el grabador de dvd.
2.-Todo lleva más tiempo del que usted piensa.
Y sí, llevó mucho más tiempo, pues con intervalos de tres meses, y luego otro mes, volvía a quedar sin computadora por problemas de hardware. Esto se debió a que el amigo que se ocupa de ella tuvo que viajar al interior del país por motivos de trabajo (y ya sabemos lo celosos que son los técnicos con la máquina que reparan y lo mal que se ponen cuando otra persona mete mano en su territorio), por último, hubo que esperar la reposición de la mother que funcionaba mal (esta vez por defecto de fábrica).
3.-Si existe la posibilidad de que varias cosas vayan mal, la que cause más perjuicios será la única que vaya mal.
Este corolario se cumplió de manera irrefutable. La mother dijo basta y arrastró en su caída a la micro-procesadora y la memoria. ¡Socorro!
Así es, amigos y seguidores, que estoy de vuelta, después de un año complicado a nivel cibernético, esperando que todo se desarrolle sin inconvenientes a partir de ahora.
¡Pero no…! Me había olvidado que, cuando volvió mi niña cibernética a casa, me advirtieron que el disco duro estaba viejito y puede ser que quiera jubilarse en cualquier momento.
¡Ay! Qué complicado que es navegar por el mundo cibernético cuando los Hados están en nuestra contra.  ¿Tendré que llamar a un exorcista, hacer algún gualicho, colgar una ristra de ajo encima de la computadora o buscar dos estampitas: una de San Edwin de Chucuito que parece que es el patrono de los técnico de computadoras y otra de San Isidoro de Sevilla, Patrono de Internet y de los Internautas.
En fin, después de esta larga parrafada con la que espero se hayan aclarado los motivos de mis reiteradas ausencias, me voy a visitarlos.

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2010

sábado, 9 de octubre de 2010

de Mujeres...Ana I - Mañana lloraré...

Con "Mañana lloraré" comienza una serie de relatos cuyo tema serán  las mujeres.
Mujeres que cruzamos en la calle, en el supermercado o en el subterráneo. Mujeres de las que, a veces, sólo percibimos el rastro de su perfume cuando subimos al ascensor. Mujeres que viven en el departamento de al lado, en el edificio de enfrente, en la casa de la esquina  o en nuestro propio hogar. Mujeres cuyas vidas entrevemos en la letras de un mail, en charlas de chat.

De esas mujeres que pasan por nuestras vidas, dejando una marca imborrable, o quizás apenas un leve roce.

De esas de quienes sabemos muy poco y que  llevan en su historia grandes alegrías o insondables tristezas.
Acerca  de ellas tratarán estos relatos.

ANA I 
Mañana lloraré 


Como todos los días, Ana estaba en el dormitorio frente a la computadora. Ejercía con empeño la tarea de fingir que se estaba comunicando con el mundo. Veía, leía en realidad, lo que decían sus amigos virtuales. Hablaban de trabajo, hijos, nietos y de su vida.
Veía desfilar ante sus ojos la concreción de lo que había deseado desde su más tierna infancia y que no había podido tener, una familia, hijos, nietos. La mesa grande de los domingos, hasta había hecho coincidir el día de su boda con el cumpleaños de su madre para seguir su idea de familia unida.
Todavía recuerda cuando, días antes de su casamiento, guardaba la ropa en valijas para llevarla al nuevo hogar. Estaba con su hermana mayor e iba descartando los vestidos que le parecían muy ajustados pues suponía que el año siguiente estaría embarazada y no podría usarlos. El hombre propone y Dios dispone, dice el refrán y así fue que pasó que Ana nunca tuvo hijos y, peor aún, jamás consumó su matrimonio. Este último hecho fue un secreto que guardó celosamente durante años, usando su salud como excusa.
Es que, cómo iba a decir que su marido sufría de impotencia desde antes de casarse. Que se habían casado porque el psiquiatra y el sexólogo habían dicho que la convivencia facilitaría la relación. Sentía que debía proteger la hombría de su marido imputándose la culpa de la falta de hijos. Durante años dijo que los remedios que tomaba eran nocivos para la concepción y sólo cuando su médico la autorizara ellos podrían pensar en tener hijos. ¿Por qué será que las mujeres sienten la necesidad de proteger a sus hombres? Quizá porque piensan que la inseguridad afecta aún más la potencia de su compañero.

Ella decía que su novio era un buen hombre, una muy buena persona y que merecía ser feliz. Y ella sería la encargada de esa misión. ¡Cómo se equivocó!

Hoy, a la distancia, se da cuenta que ambos se equivocaron. Él fue el primero cuando, aprovechando una apuesta, la invitó a tomar un café. Eran compañeros de oficina y se veían a diario, Ana no estaba muy segura de si debía aceptar la invitación, pero finalmente la aceptó.

Carlos no respondía en lo más mínimo a la imagen que ella tenía de quien esperaba por compañero. Menos le gustó cuando, al despedirse el le dio un ligero beso en la boca, pero proyectó su vientre hacia delante hasta rozar el suyo. No fue un roce prolongado pero le pareció fuera de lugar.

Cuando entró a su casa ya estaba arrepentida de haber aceptado la invitación. Pensaba en cómo debía comportase al día siguiente, cuando se encontraran en el trabajo. No sabía lo que tenía que hacer. Ana tenía muy poca experiencia en relaciones sentimentales pues, aunque era bonita, no había tenido muchos pretendientes en su adolescencia y juventud. Todas sus amigas se habían casado y ella era la única soltera. Nadie decía nada sobre esta situación, pero ella sentía que era inferior. Toda su vida se había sentido fea, poco atractiva y era muy insegura. Lo ocultaba bajo una falsa seguridad y cierto esnobismo. Para los que la rodeaban era la rara, la intelectual, la… En realidad nunca estuvo segura de lo que pensaban de ella. Sus amigas nunca le habían presentado un muchacho y eran muy pocos los que habían hecho un pequeño acto de galanteo.

Ana no entendía por qué. Aún ahora no lo entiende. Por eso dudaba ante el avance de Carlos. Era el primer hombre que parecía realmente interesado en ella y tenía miedo de equivocarse si lo rechazaba.

Al día siguiente, Carlos la siguió tratando con deferencia y ella empezó a sentirse mal pues los demás empleados, que eran compañeros de Carlos desde hacía más de diez años, empezaron con las sonrisas de complicidad y frases de simpatía hacia la incipiente relación. Empezó a sentirse atrapada. No sabía como dar término a lo que recién empezaba sin dejar en una situación incómoda al hombre.

Siguieron saliendo y poco a poco ella empezó a quererlo. Se había sentido muy sola toda su vida, fuera de lugar siendo el número impar en todas las reuniones. Ahora había un hombre junto a ella. Alguien con quien caminar del brazo por la calle, entrar a un restaurante o un cine. Alguien que la quería. Y ella había necesitado desesperadamente sentirse querida, sentirse reafirmada en la mirada del otro. Dejar de ser la pobre chica que no consigue un novio para ser Ana y Carlos, la pareja…

Mejor no sigo recordando –murmuró-, ya debe estar hirviendo el agua de la pava. Suspirando cerró Outlook, apagó la computadora y se dirigió a la cocina. La angustia le cerraba el pecho y pugnaba por convertirse en un ronco sollozo. Trató de alzar un muro entre sus recuerdos y la realidad.

Mañana lloraré – dijo, recordando aquella película de Susan Hayward sobre la vida de la cantante Lilian Roth, que tanto la había impactado en su infancia.

Esa frase era su mantra. Recordaba a la pequeña niña, llevada a la fuerza al escenario por su madre mientras le decía: Mañana llorarás, ahora tenés que cantar. Recordaba a la niña hecha mujer, agostada por el dolor y las desilusiones. A la mujer alcoholizada diciendo: “Mañana lloraré”, antes de entrar al escenario. Por eso, mientras se preparaba un café, repetía una y otra vez, con una forzada sonrisa en los labios temblorosos: Mañana lloraré… Mañana lloraré…

Mañana... ¿Será otro día?

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo

Buenos Aires, 9 de octubre de 2010
Derechos Reservados

Película basada en la autobiografia de la actriz y cantante Lillian Roth (Susan Hayward, nominada al Oscar), narra su ascenso al estrellato de Hollywood en su adolescencia y su rápido descenso a los infiernos del alcoholismo tras no poder superar la muerte del que iba a ser su marido. (FILMAFFINITY)

lunes, 30 de agosto de 2010

A mis amigos y seguidores

A mis amigos y seguidores

Les informo no he podido publicar pues me encuentro sin pc desde el 13 de agosto.
Saludo a todos y espero estar con ustedes a la brevedad.
Rorry, la Charo
 
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