Porque sí, porque la vida lo quiso, soy así. Apasionada y dulce, analítica, pragmática. Acepto la realidad, no me engaño más. Ya me engané, ya me engañaron. Lo lamento, por ellos, no por mi. El dolor, como el sol, madura, forma. y por eso, porque sí... Soy asì.

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viernes, 21 de enero de 2011

Ella y Vos




Ella y  Vos





Ella recorria el camino con pasos largos,
buscando avariciosa el horizonte.
Tú dibujas las paredes con las manos,
procurando adivinar dónde te hallas.

Ella soñaba un futuro feliz y luminoso,
colmado de proyectos y aventuras.
Tú vives un presente oscuro y azaroso,
lleno de incertidumbres y de ocasos.


Son una, lo sabes... Más no lo son...
Sufrieron desengaños y crearon utopias,
ella se quedó con un quizás, un yo podría.
Tú te convertiste en un triste ya no puedo.
Ella fue caudal de ilusiones y promesas y
tú eres un cúmulo de proyectos cercenados.



El excentrico juego de la vida,
hizo de ti  una hoja al viento.
Te llevó una mañana hacia la niebla,
 para dejarte, en un remanso,
esperando  el ocaso que se acerca.



Tras las nubes que empañan tu mirada
ves transcurrir la vida de los otros.
No te ofendas, no digo que te rindes,
sino que aceptas resignada tu destino.


¿Y cuál ese destino?- me preguntas-
Y yo contesto: Ser solo un testigo
 de la vida y no la protagonista.


María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo


Buenos Aires, 19 de enero de 2011
Derechos Reservados

sábado, 13 de febrero de 2010

La otra y yo



Ella, la otra, calcula cada paso que dá como un general que planea sus batallas. Yo, en cambio, disfruto de las cúpulas de Buenos Aires, los crepúsculos y un café junto a mis amigos.

Ella titubea y se lleva las cosas por delante, en su afán por continuar participando en la vida que llevan los demás. Eso me abochorna a MI, que en la soledad, soy eficaz, rápida y segura. Por eso trato de convencerla de que sea fiel a sí misma y no trate de ser la persona que los demás esperan que sea.

Ella disfruta del barniz de cultura e intelectualidad que tenía antes del cambio y Yo...lucho, con denuedo, para recuperar ese prestigio. Es dura la tarea pues que mis ojos enfermos son un obstáculo difícil de franquear.

Compartimos el gusto por la música de cámara, Bach, la New Age y leímos (por no decir devoramos) libros de antropología, novelas, ciencia-ficción y autoayuda. Aunque a la otra no le gusta mucho admitir esto último, debo reconocer que nos ayudaron mucho en los malos momentos.
Su existencia impide que muchos me conozcan. Esto, a veces, es cómodo pues no quiero vivir dando explicaciones por ser como soy. Algunos me descubren, no se dejan engañar por la otra, y les gustó así. Vivo en la espera de que eso suceda, que Ella no desvíe la atención o genere rechazo.

Pero no reniego de Ella pues ambas somos una y Yo soy las dos; y cada una, si quiere, puede hacer el trabajo de las dos.
Nos pasaron las mismas cosas, es cierto, pero mientras que a Ella la obligaron a reducir sus expectativas y renunciar a ciertas metas, a Mí me abrieron nuevos caminos, otra forma de vivir y ver la realidad.

Por eso, la otra y yo somos inseparables y complementarias. La luz y las sombras, el día y la noche, la saciedad y el hambre, el odio y el amor, el aleph y el nadir, el todo y la nada... La vida en suma.-

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo
Derechos Reservados

domingo, 17 de enero de 2010

E L F U R I N




Hola
Quiero contarte una historia.
La historia de mi amiga Mariana y su furin. ¿Y qué es un furín?, te preguntarás. Según el diccionario es un elemento decorativo originario de Japón que sirve para indicar la llegada del verano y llamar al viento. A mi amiga Mariana, cuando se lo regalaron, también le dijeron que con su sonido atraía y afianzaba la felicidad hogareña.
¿Y cómo había llegado el furin a manos de Mariana?
Te explico:
Todo empezó cuando la mamá de su amiga Graciela volvió de Japón. Graciela y Mariana eran amigas desde los trece años, y, aunque vivían a cien metros una de la otra recién se conocieron cuando cursaban el primer año del bachillerato. Su relación se hizo más íntima ya que, como estaban en la misma división, iban y venían juntas del colegio. Se acostumbraron a estudiar juntas, casi siempre en la casa de Graciela ya que Mariana vivía con sus padres y su hermana en un pequeño departamento de dos ambientes donde no tenían el lugar ni la tranquilidad para estudiar.
A mi amiga, que había pasado toda su vida en un edificio de dos pisos con departamentos de dos y tres ambientes, la casa de Graciela le parecía un palacio.
Tenía dos plantas y había sido construida en los años 20. La puerta de hierro se abría a un corto pasillo con piso y zócalos de mármol. Al final otra puerta, esta vez de roble y vidrios biselados con visillos de crochet tejidos, que permitía el acceso al vestíbulo. el vestíbulo tenía un piso en damero de baldosas blancas y negras y en la pared que lindaba con el jardín un gran vítreas que en los días soleados pintaba de colores el ambiente. Una escalera de madera lustrada llevaba al primer piso donde estaban los dormitorios de los padres y los dos hijos. Debajo de la escalera estaba la cocina (¿por qué serán tan chicas las cocinas de las casas de esa época?- me preguntaba Mariana-) Allí, en esa diminuta cocina, la señora Furiko (así se llamaba la mamá de Graciela) preparaba platos de la cocina japonesa. Fue en esa casa donde probó por primera vez el hoy tan de moda sushi al que la señora llamaba osushi y también el godum una sabrosa sopa de pollo, fideos finos y trozos de una verdura blanca y jugosa a la que llamaban hakusai (creo que ahora la venden en los mercados como “repollo japonés.”
A la izquierda del vestíbulo estaba el living comedor. Era muy grande y con su ambientación cálida y sencilla le recordaba a Mariana las series norteamericanas tan populares en esos años, que mostraban familias felices donde el Papá era quien mandaba y Mamá la que sabía todo, (te estoy hablando de fines de la década del cincuenta). Lo primero que se veía al entrar era un mullido sillón de 3 cuerpos, tapizado en cretona floreada donde se sentaban las amigas para conversar, cuando no estudiaban, durante horas, mientras la madre de Graciela trabajaba en la cocina a la que también se accedía desde el otro extremo del living.
En la gran mesa del comedor desparramaban libros y carpetas y, entremezclados con la “Historia Argentina”, el análisis gramatical de “Platero y yo” y el Teorema de Pitágoras, Graciela y Mariana se contaban sus secretos, esperanzas y tristezas. Ambas se sentían fuera de lugar. Mairana, porque sus padres eran muy estrictos y desde que había entrado en la adolescencia le habían prohibido reunirse con los mismos chicos que habían sido sus compañeros de juego en la infancia. Se sentía muy mal cuando veía a sus amigas y ex-amigos reunidos conversando en la puerta del edificio dónde vivía y tenía que pasar casi sin saludarlos. Graciela porque era demasiado argentina para ser japonesa y demasiado japonesa para ser argentina. No encajaba en ninguna de las dos culturas. Por estos motivos, las chicas tenían pocos amigos y la palabra “novio” era algo muy lejano para ellas en esos momentos.
Mariana tendría diez y seis años cuando la señora Furiko fue a Japón a visitar a su familia. Estuvo fuera más de un mes y regresó cargada de regalos, entre ellos uno para ella. Sorprendida, porque no lo esperaba, Mariana rompió el envoltorio y se encontró con una caja que parecía contener un collar o una pulsera. La abrió y encontró una campanita de hierro que tenía una tira de cartulina con ideogramas enrollada alrededor y un cordón de seda negro para atarla. La señora Furiko le dijo que era un furin, un adorno que en Japón usaban para comprobar la llegada del verano y al que consideraban símbolo de buena suerte, y felicidad. Que debía colgarla en la ventana o en el exterior de su casa y la felicidad reinaría en ella.
Lo recibió con alegría y lo guardó en un lugar especial, reservándolo para el futuro. Ése que ella imaginaba como un soñado final feliz de película romántica: la casita con jardín, hijos y un marido que la acompañara por el resto de la vida.
Pasaron los años. La familia de Mariana se mudó y aunque siguió su amistad con Graciela se fueron distanciando porque sus vidas tomaron rumbos diferentes. Mientras una estudiaba en la Universidad, la otra empezó a trabajar. Graciela se puso de novia y se casó con un hombre encantador. Mariana se casó unos años después, pero no era totalmente feliz. Mientras tanto el furin seguía en su caja esperando aquel destino definitivo donde cumpliría la misión de llamar y afianzar la felicidad.
A mediados de los setenta Mariana y su marido, en un intento por consolidar su matrimonio decidieron mudarse y compraron una casa en un barrio residencial de los suburbios de Buenos Aires. La casa necesitaba algunos arreglos, pero eso no les importaba ya que ambos se habían enamorado del jardín que la rodeaba. La entrada estaba flanqueada por dos araucarias. Rositas rococó, santa ritas, jazmines de azahar y del país trepaban por los muros de la casa, estaba rodeada rosales, tulipaneros, jazmines paraguayos y rosas chinas de cuatro pétalos. Un camino de lajas llevaba hacia el fondo dónde, sobre un círculo de lajas se veía un juego de mesa y sillas de hierro que habían dejado los dueños anteriores. A un costado la típica parrilla de las casas suburbanas y del otro lado, un ciruelo de jardín que, con sus ramas, brindaba sombra a la mesa.
Cuando ella vio el ciruelo se dio cuenta de que, por fin, el furín había encontrado su lugar.
Se mudaron a fines de junio y mientras hacían las refacciones necesarias y terminaban de ubicarse pasaron julio y agosto y llegó septiembre. El ciruelo empezó a cubrirse de flores rosadas y con ellas estaba clamando por el furin. Hasta entonces no lo había colgado. Ella no sabía por qué pero algo la detenía. Siempre dejaba esa tarea de un día para el otro, pero el ciruelo lleno de flores rosadas ya no podía esperar.
Fue así que un día, antes de ir a su trabajo, Mariana el furín del cajón del placard donde lo había guardado, planchó la tira de cartulina que había permanecido más de diez años circundando a la pequeña campana de hierro y fue hasta el ciruelo. Ya había elegido la rama en la que lo iba a colgar. Estaba un poco alta, pero poniéndose en puntas de pie podía alcanzarla. Tomó las puntas de la cinta con ambas manos y rodeo la rama para hacer un nudo. No se sentía muy segura en esa posición y cuando quiso hacer el segundo, una de las cintas se le escapó de la mano, el nudo incompleto se deshizo y el furín se cayó en el piso de lajas. Hubo un ruido seco, totalmente distinto al que Mariana había escuchado las infinitas veces que había golpeado la campana con el pequeño badajo. Con el corazón estrujado se inclinó para alzarlo. Una fina rajadura lo recorría de arriba a abajo. No pudo hablar, ni tan siquiera lloró. Estaba sola pues su marido se había ido, como todos los días a las seis de la mañana y en ese momento se sintió más sola que nunca.
En silencio entró en la casa. No había nada más que decir ni pensar. El cielo, el destino se habían expresado. Su furín, el símbolo de felicidad hogareña se había rajado. Su dulce sonido no llamaría al viento ni a la felicidad. No habría otra oportunidad. Sus sueños, como el furin, se habían roto. Ya no sería feliz. Ya no serían felices.
Y así fue…
El amor, la pasión continuaron diluyéndose y, por ende, los deseados hijos nunca llegaron. Su matrimonio se convirtió en la simple convivencia de dos amigos, dos camaradas que se acompañaban en salud y enfermedad. Dos almas buenas en solitaria compañía, cuyo destino parece ser que fue estar prontos a solucionar los problemas de los demás.
Vivieron muy poco en esa casa. El furín, acompaño a Mariana en varias mudanzas, hasta que un día, no recuerda cuándo, se deshizo de él.

Hace un mes, encontré un furin visitando el blog El charco que rebosa, de Angus Fue entonces que volvió a mi memoria la historia que te acabo de contar.
La historia de un sueño, un amor desgajado al cual una ilusión, una lejana leyenda mantenía en pié y al cual la misma leyenda puso fin.
La historia de un símbolo, pues Mariana con su inteligencia, no dejaba de reconocer lo ilógico de creer en un mito. Pero no pudo dejar de pensar que había recibido un mensaje, una confirmación de aquello que sentía en su interior y temía reconocer: el fracaso de su matrimonio, la muerte de una esperanza.
¿Y sabes qué es lo más triste?
Que por más que busqué en la Web, no pude encontrar una definición de furin que dijera que “atraía y afianzaba la felicidad hogareña” tal como le había dicho la señora Furiko, o sea que Mariana puso sus ilusiones en una mentira, en algo que no era cierto. Hace años que he dejado de verla, pues volvieron a mudarse, esta vez al interior del país. Siguen viviendo su soledad de a dos, creo que ya no podían simular que eran felices y resolvieron alejarse de los conocidos para no mostrar su tristeza.
Bueno, aquí la historia terminó y creo que te habrás dado cuenta de que el sonido que te acompañó mientras me leías es el de un furín.
No cifro mis esperanzas de felicidad en él, sólo disfruto de la paz que me brinda su suave tintinear.
Hasta pronto…

Rorry, la Charo
María del Rosario Márquez Bello



Buenos Aires, 17 de enero de 2010

Derechos Reservados

miércoles, 15 de julio de 2009




Yo soy un ave con las plumas cortadas, que espera pacientemente que estas crezcan para levantar vuelo, sin recordar que esto es imposible pues está encerrada en una jaula de cristal."

sábado, 11 de julio de 2009




¿Para que sirve la literatura?...

La literatura es una ventana a la fantasía, un pasaporte a la realidad y al conocimiento de culturas, vidas, sueños y territorios lejanos. La literatura es vida, alimento para el espíritu y solaz para la mente.

Si hablo de la literatura tengo que decir que fue la varita mágica que me abrió la ventana a la fantasía, al descubrimiento del mundo en que vivo, a las ilusiones, heroísmos y cobardías.

Con Monteiro Lobato y su Minotauro, recorrí las montañas e islas griegas, ascendí al Olimpo, conocí a sus dioses y semidioses, saboreando néctar y ambrosía mientras presenciaba sus rencillas. Estuve con Hércules, vi a la Hidra de siete cabezas y a Prometeo atado a una roca pagando la osadía de haber robado el fuego de los dioses.

Con Julio Verne recorrí África en un globo, lo profundo del mar con el Nautilus, di la vuelta al mundo para ganar una apuesta y llegué hasta el Estrecho de Magallanes.

Compartí la prisión con el conde de Montecristo, sufrí junto a D’Artagnan cuando asesinaron a su amada, subí por el árbol de guisantes hasta llegar al reino del ogro y sentí el dolor que taladraba los pies de la pobre sirenita.

Luego llegaron a mi vida los libros de ciencia ficción, la revista Mas Allá, la saga de los Aznar, Asimov con sus robots más que humanos, Bradbury con la triste nostalgia por lo que habríamos de perder en el futuro. De la mano de Huxley conocí el soma, la fecundación in vitro y la programación de los seres humanos. Orwell
en “Mil novecientos ochenta y cuatro” me habló del Hermano mayor, la manipulación de la historia (como dice la canción “...si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia...”) y también me permitió descubrir cual podría ser mi terror más profundo, aquel capaz de doblegar mi voluntad o llevarme a la locura.

Supe de la filosofía y costumbres de China con “Una hoja en la tormenta” y “Las llaves del Reino” ambas me hicieron vivir en la pobreza, el imperio y una aterradora guerra civil.

Me sentí una yanqui de pura cepa, pues Tom Sawyer, Hombrecitos, Mujercitas, Papaíto Piernas Largas, Jane Eyre y luego la colección “Rastros” me hicieron creer que yo era una de ellos. Que los cowboys cabalgaban por las pampas, los indios eran malos y los bisontes debían ser exterminados por el bien de la nación..

En mi temprana adolescencia “La chispa de la vida” de Erich María Remarque me llevó al terror y la desesperanza de los campos de concentración. Luego, ya adulta, “La hora veinticinco” y su continuación “Una segunda oportunidad” me hicieron sentir que no hay esperanzas para los que quieren vivir en paz. Que siempre habrá una guerra, un nuevo conflicto, una diferencia política, racial o religiosa que será aprovechada por aquellos que lucran con el dolor y las necesidades para desatar otra contienda..

Esos libros fueron los que reafirmaron mi convicción. Ya me había horrorizado leer en Las llaves del Reino el momento en el que traen a un chino que había sido prisionero de unos guerrilleros y descubren que éstos le habían hecho, con clavos, una corona en la cabeza a semejanza de la corona de espinas de Jesucristo, porque se había convertido al cristianismo. Sin embargo, ver como los protagonistas de “La Segunda oportunidad”, padecen primero bajo el dominio alemán y luego como, cuando son liberados, les cobran el precio del odio con la vida de su pequeño hijo, leer que justo cuando creen estar en paz ven aterrizar en su campo un helicóptero del que descienden unos soldados que vienen a liberarlos en nombre de quien sabe qué idea política; y empieza a girar, otra vez, la rueda de la guerra y el terror en la que ellos quedan envueltos, me produjo un impacto tan grande que nunca quise releer ese libro y me deshice de él en cuanto pude. Como si fuera el transmisor de la peste de la guerra.

De todo lo que leí aprendí algo, descubrí nuevos mundos, otras formas de vivir, costumbres y religiones desconocidas. Al mismo tiempo viví las vidas y aventuras de sus protagonistas. Fui Desirée Clary novia de Napoleón y devota esposa de Bernardote. Sentí con ella la falta de cariño de su madre adoptiva, la reina de Suecia. Siguiendo su vida estuve en la Francia revolucionaria, la del Imperio y el regreso de los Borbones. Estuve en Capri con la “Historia de San Michelle”, embalsamé cadáveres con Sinhué el Egipcio, fui etrusca, romana, inglesa, china, japonesa, lapona o mujer de las cavernas. Estuve en la Polinesia, en España, en el fondo del mar y en lo alto de los cielos. En la cumbre helada de los Andes junto a los sobrevivientes de un accidente aéreo y en un velero recorriendo los mares del sur. . Navegué en el acorazado Graf Spee y con los barcos piratas de Salgari. Crucé el espacio en autoplanetas y naves espaciales. Viajé al centro de la tierra con Julio Verne. Fui feliz y desdichada. Reí y lloré junto a los protagonistas de mis lecturas. Imaginé paisajes que no pueden ser recreados por ninguna tecnología, conocí culturas inexistentes y procuré descifrar la escritura de los dioses en la penumbra de un calabozo. Fui victima y victimaria. Seducida y seductora. He muerto mil veces. De frío en Alaska, de sed en el desierto. De hambre en los campos de concentración y de placer en los brazos de un ser amado. Di vida y otorgué muerte. Ascendí a las montañas en busca de mármol para crear esculturas por orden del Papa y junté hojas de palmeras en una perdida isla del Pacífico para hacer una choza que me sirviera de cobijo. Descubrí ciudades perdidas y arrasé civilizaciones enteras. Fui Atila, Carlomagno, Cleopatra o la Perricholi. Sentí como el amor, ya fuera divino o mundano, transformaba a Juana de Orleáns, Juana la loca y a Juana Manuela Gorriti en mujeres que se destacaban del resto de sus congéneres. Supe del odio, de la ambición, de la entrega generosa y de aquella que solapa fines mezquinos, de la vida de los hombres y los animales, de la historia y la fantasía.

Y así, a lo largo de los años, día a día, hora a hora la literatura fue refugio, acicate, guía, consuelo, solaz, formadora y deformadora, de lo que soy y de lo que pude haber sido, de lo que fui o de lo que no pude evitar ser. Semilla y sal en el surco de mi vida, señalización de los “si hubiera” que quedaron en el camino.

Hoy, cercana a la literatura pero alejada por motivos ajenos a mi voluntad, añoro aquellos momentos de entrega apasionada al placer y a la ansiosa expectativa de abrir un libro y sumergirme en él sin tener idea del tiempo que transcurre mientras recorro sus hojas y absorbo, como tierra sedienta, las ideas e historias que él encierra.-

María del Rosario Márquez Bello (2006)
Derechos Reservados

jueves, 9 de julio de 2009


Rosario(la otra) y Yo

La otra, calcula cada paso como un general que planea sus batallas. Yo, en cambio, disfruto de los crepúsculos, las cúpulas de Buenos Aires y un café junto a mis amigos. Ella titubea y se lleva las cosas por delante, en su afán por continuar participando en la vida que llevan los demás. Eso me abochorna a MI, que en la soledad, soy eficaz, rápida y segura. Por eso, procuro convencerla de que sea fiel a sí misma y no trate de ser la persona que los demás esperan que sea.Ella disfruta del barniz de cultura e intelectualidad que tenía antes del cambio y Yo... lucho, con denuedo, para recuperar ese prestigio. Es una tarea dura pues mis ojos enfermos son un obstáculo difícil de franquear. Compartimos el gusto por la música de cámara, Bach, la New Age y leímos (por no decir devoramos) libros de antropología, novelas, ciencia-ficción y autoayuda. Aunque a la otra no le gusta mucho admitir esto último, debo reconocer que nos ayudaron mucho en los malos momentos.Su existencia impide que muchos me conozcan. Esto, a veces, es cómodo pues no quiero vivir dando explicaciones por ser como soy. Algunos me descubren, no se dejan engañar por la otra, y les gusto así. Vivo en la espera de que eso suceda, que Ella no desvíe la atención o genere rechazo. Pero no reniego de Ella pues ambas somos una y Yo soy las dos; y cada una, si lo desea, puede hacer el trabajo de las dos.Nos pasaron las mismas cosas, es cierto, pero mientras que a Ella la obligaron a reducir sus expectativas y renunciar a ciertas metas, a Mí me abrieron nuevos caminos, otra forma de vivir y ver la realidad. Por eso, la otra y yo somos inseparables y complementarias. La luz y las sombras, el día y la noche, la saciedad y el hambre, el amor y el odio, el aleph y el nadir, el todo y la nada... La vida en suma.-


Rorry, la Charo
(Trabajo realizado en el Taller Creativo de Jorge Capsisky
sobre Borges y yo de Jorge Luis Borges)

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