Porque sí, porque la vida lo quiso, soy así. Apasionada y dulce, analítica, pragmática. Acepto la realidad, no me engaño más. Ya me engané, ya me engañaron. Lo lamento, por ellos, no por mi. El dolor, como el sol, madura, forma. y por eso, porque sí... Soy asì.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Cuestion de peso





Pasaron diez minutos, veinte y veinte más. A medida que amainaba el efecto del whisky bajaba también el volumen del entusiasmo, dejándolo expuesto al hostigamiento de una duda cruel: ¿se habría arrepentido Eloísa? O peor aún, ¿se habría tomado a broma una cita que él, ingenuo, había venido a cumplir religiosamente?
Era esa hora en que el cielo se pinta de lila antes de caer la noche. Habían quedado en encontrarse a las cinco y ya eran las seis de la tarde. Pidió un café y volvió a abrir la notebook. Era una manera elegante de no quedar en evidencia si ella no se presentaba. Quiso conectarse a Internet pero recordó que allí no tenían wi-fi. Se quedó mirando la pantalla. Stonenhenge... siempre lo había fascinado ese paisaje, la solidez de las piedras contrastando con el cielo azul en medio de la llanura era como una alegoría de la soledad. Llamó al mozo para pedirle soda. Al mirar hacia la ventana vio su figura reflejada. No pudo evitar sentir la angustia que lo dominaba cada vez que tomaba conciencia de su apariencia.
Tenés que bajar de peso -había dicho su amigo Simón el día anterior cuando le habló de la cita- Podes ser el más grande de los poetas, pero la gordura es un obstáculo para conquistar a una mujer. El, como otras veces, no estuvo de acuerdo. Confiaba en su poder de seducción, en su labia y los poemas que les recitaba a través del teléfono.
Había en la línea de encuentros en que se había registrado, varías mujeres subyugadas por sus palabras y esperaba que a alguna de ellas le fuera indiferente su voluminosa presencia. ¿Acaso la apariencia de una persona es más importante que su ser interior, integridad y ternura?
Por eso le había interesado la presentación de Eloísa: -“Te propongo que seamos amigos. Que compartamos un café, caminatas y charlemos. Lo demás… el tiempo lo dirá”-. Le envió un mensaje que ella contestó al día siguiente, le gustaba su voz y su manera de pensar. Habían hablado horas y horas. Se conocían íntimamente. Sabía de sus gustos y pesares, de su familia, amigos y trabajo. Habían llegado a sentir un gran aprecio el uno por el otro. Esto les hizo tener cierta expectativa por un futuro en común y empezaron a fantasear un encuentro.
Finalmente llegaron a un acuerdo y se citaron en la confitería Las Rosas. Él tendría sobre la mesa la notebook y un ejemplar de su libro de poemas, y ella llevaría un vestido color malva. Marcelo le había anticipado que tenía algunos kilos de más, no se animó a decirle qué eran más de cincuenta) y Eloísa le dijo que también estaba un poquito excedida de peso. Rieron mientras se hacían mutuas bromas y, luego de cortar la comunicación, el confió en que su sobrepeso no sería un problema.
Perdida la mirada en el cielo azul de Stonehenge no se había percatado de que alguien le estaba hablando.
-Hola, cómo estás. ¡Por fin nos encontramos! -dijo una voz conocida, mientras una montaña de color malva se derramaba sobre la silla que lo enfrentaba. ¿Era Eloísa? ¿Su Eloísa? Pues sí, no había duda. La realidad superaba en mucho a la peor de las imágenes que de ella se había hecho. Obesa, tan obesa que parecía que la piel iba a estallar ante el esfuerzo de contener su gordura. Los ojos azules apenas se entreveían y la boca, también de color malva, pugnaba por emerger entre dos abundantes cachetes. Eloísa no tenía cuello, este había sucumbido envuelto por capas y capas de grasa. Marcelo estaba desolado. Otra vez lo habían engañado. El no podía tolerar una mujer tan abundante. No sabía por qué, pero las mujeres gordas lo inhibían, lo des-erotizaban. Quiso disimular lo que sentía pero era incapaz de mantener una conversación coherente.
Eloísa no se dio cuenta de lo que pasaba y siguió hablando. Llevada por los nervios del momento hablaba y hablaba. Le contó de lo difícil que había sido conseguir un coche que la llevara hasta la confitería, de lo pequeña que era la silla, de la mesa en la que apenas podía apoyar los brazos. El hombre respondía con monosílabos y una sonrisa cortés.
Así continuaron bajo las miradas de los que los rodeaban, unos molestos porque la dulce voz de Eloísa se había convertido en un sonsonete fastidioso y otros porque su corpulencia les hizo apiñarse junto a sus compañeros de mesa.
Justo cuando la mano de ella se había acercado a la de él, como una invitación a la caricia, Marcelo recibió una llamada por el celular. No fueron muchas las palabras que cambió con su interlocutor.
Cuando terminó de hablar le dijo a Eloísa que debía reunirse con el editor de su próximo libro, para aclarar algunos puntos del contrato. Hizo un gesto llamando al mozo mientras le manifestaba la pena que sentía por tener que irse antes de lo pensado.
La ayudó a levantarse de la silla y salieron zigzagueando con dificultad por el estrecho pasillo que los llevaba a la puerta, provocando oleadas entre los ocupantes de las mesas que estaban en su camino, cuando trataban de eludir el bamboleo de sus caderas.
Una vez en la calle, esperaron hasta que pasó un coche lo suficientemente cómodo y se despidieron con la promesa de seguir la charla esa noche por medio de la línea de encuentros. Ninguno le pidió al otro el número de teléfono particular.
Exhalando un profundo suspiro Marcelo vio como se alejaba el taxi, mientras pensaba en lo oportuno que había sido al pedirle a su amigo Simón que lo llamara a las siete de la tarde.
Volvió a su casa. Apenas dos cuadras, pero el paso tardo que le imponía su obesidad hizo que demorara más de veinte minutos. Una vez allí, fue al dormitorio y mientras se cambiaba pensaba como salir del paso. No le gustaba Eloísa, no se veía viviendo con una mujer tan gorda.
Regresó al living, se sentó en un sillón y luego de un rato llegó a la conclusión de que lo mejor era cerrar la casilla y desaparecer sin dar explicaciones. Era una pena porque había varias mujeres con las que le hubiera gustado probar suerte, pero no tenía ganas de toparse con ella.
Decidido, alzó el teléfono y marcó el número de “Buscando amor”. Había varios mensajes, entre ellos uno de Eloísa en el que le decía que no la buscara más porque era un mentiroso. Que le había dicho que tenía unos kilos de más y era un gordo vergonzante, que se había sentido muy incómoda en la confitería al ver como los miraban y, lo más importante, que a ella no le gustaban los gordos.
Marcelo no podía creer lo que oía. Furioso oprimió la tecla del teléfono para responderle. No pudo, la voz impersonal de la locutora de la línea dijo: “Esa casilla ya no existe”. Eloísa le había ganado de mano. Colgó el teléfono y, silbando bajito, fue a la cocina, sacó del freezer un pote de helado y la cuchara que guardaba, por si acaso, en el anaquel superior de la puerta de la heladera. Volvió al sillón y con el control remoto encendió el televisor. Abrió el pote y comió, como sin darse cuenta, mientras pensaba en lo que había pasado.
Decidió que ya era hora de bajar de peso porque estaba cansado de los problemas que le acarreaba su gordura..El lunes llamo al médico y le pido una derivación para la nutricionista –dijo, mientras iba a buscar otro pote de helado.


Eloísa, que le había enviado el mensaje desde el taxi, llegó a su destino. Entró en un edificio de oficinas y subió al tercer piso. Abrió la puerta de la oficina de redacción y se dirigió a la oficina de su jefa, saludando a sus compañeros con la sonrisa fácil que la caracterizaba. Ellos, ensimismados en sus computadoras apenas le contestaban. La puerta estaba abierta, así que entro y, se sentó en un sillón mientras decía:
-No hay caso, Celia. ¡Dijo que tenía unos kilos de más y era tan gordo que yo al lado de él parecía anoréxica! Éste fue el último intento, parece que es imposible dar con un hombre que no mienta en esa línea, sin importar clase social, cultura o inteligencia.. Cuando no son obesos, son calvos, tienen diez años más de lo que confiesan o están casados. Creo que ya hay suficiente material para el artículo sobre las líneas de encuentro y los hombres que pululan en ellas.
Después de hablar un rato sobre el título y la extensión que tendría la nota, fue a su escritorio y mientras se encendía la computadora, entreabrió el segundo cajón del escritorio. Ése dónde escondía los medallones de menta con chocolate. Abrió la caja y se puso uno en la boca. Se agachó simulando recoger algo del piso mientras lo tragaba casi sin masticar. Sintió como bajaba a duras penas por su esófago, se enderezó y atrajo hacia ella el teclado. Empezó a escribir mientras pensaba como había fracasado la última de sus esperanzas. Propuso ese tema, porque le permitía entrar a las líneas de encuentro telefónicas desde su oficina. Pero todo había sido en vano. Cuatro meses de pretendida investigación sólo habían servido para sentirse cada vez más humillada y discriminada por su gordura.
Volvió a meter la mano en el cajón y sacó otra menta, la desenvolvió y le dio un mordisco mientras se prometía: Mañana empiezo el régimen.-

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo

Buenos Aires, 22 de noviembre de 2010
Derechos Registrados

viernes, 12 de noviembre de 2010

Murphy tenía razón...


 “Si algo puede salir mal, saldrá mal”


Creo que la mayoría de las personas está de acuerdo con esta aseveración de Edward A. Murphy. En cuanto a mí, no dudo que este año  ha sido regido por esta sentencia. Es que, en total, estuve más de cuatro meses sin mi computadora y, en consecuencia, no atendí el blog como debería haberlo hecho.
Cuatro veces mi niña informática se declaró en huelga, hasta llegar a casi un estado de no retorno. Durante todo ese tiempo, procuré tomar las cosas con calma y, a decir verdad, me asombró comprobar que no era tan adicta a la computadora como creía. Me hacía falta más por razones prácticas que por dependencia. Extrañaba eso si, el procesador de texto, los últimos audiolibros que había bajado y que dormían en sus entrañas, mi conexión con las radios online y la música que ellas me prodigaban.
Y estas palabras resonaban en mi cabeza: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Fue por eso que, en cuanto me entregaron la computadora, resolví buscar a Murphy y a su famosa ley en Google.. Así fue como descubrí que tiene varios corolarios, algunos de los cuales se ajustan perfectamente a lo que viví estos últimos meses. A saber:
1.- Nada es tan fácil como parece.
Y así fue, lo que en principio parecía algo simple, la fuente de energía no funcionaba, devino en un desastre casi total con más complicaciones de las esperadas y fueron tantas las piezas que hubo que reponer que de mi computadora sólo quedaron el gabinete, la fuente y el grabador de dvd.
2.-Todo lleva más tiempo del que usted piensa.
Y sí, llevó mucho más tiempo, pues con intervalos de tres meses, y luego otro mes, volvía a quedar sin computadora por problemas de hardware. Esto se debió a que el amigo que se ocupa de ella tuvo que viajar al interior del país por motivos de trabajo (y ya sabemos lo celosos que son los técnicos con la máquina que reparan y lo mal que se ponen cuando otra persona mete mano en su territorio), por último, hubo que esperar la reposición de la mother que funcionaba mal (esta vez por defecto de fábrica).
3.-Si existe la posibilidad de que varias cosas vayan mal, la que cause más perjuicios será la única que vaya mal.
Este corolario se cumplió de manera irrefutable. La mother dijo basta y arrastró en su caída a la micro-procesadora y la memoria. ¡Socorro!
Así es, amigos y seguidores, que estoy de vuelta, después de un año complicado a nivel cibernético, esperando que todo se desarrolle sin inconvenientes a partir de ahora.
¡Pero no…! Me había olvidado que, cuando volvió mi niña cibernética a casa, me advirtieron que el disco duro estaba viejito y puede ser que quiera jubilarse en cualquier momento.
¡Ay! Qué complicado que es navegar por el mundo cibernético cuando los Hados están en nuestra contra.  ¿Tendré que llamar a un exorcista, hacer algún gualicho, colgar una ristra de ajo encima de la computadora o buscar dos estampitas: una de San Edwin de Chucuito que parece que es el patrono de los técnico de computadoras y otra de San Isidoro de Sevilla, Patrono de Internet y de los Internautas.
En fin, después de esta larga parrafada con la que espero se hayan aclarado los motivos de mis reiteradas ausencias, me voy a visitarlos.

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2010

sábado, 9 de octubre de 2010

de Mujeres...Ana I - Mañana lloraré...

Con "Mañana lloraré" comienza una serie de relatos cuyo tema serán  las mujeres.
Mujeres que cruzamos en la calle, en el supermercado o en el subterráneo. Mujeres de las que, a veces, sólo percibimos el rastro de su perfume cuando subimos al ascensor. Mujeres que viven en el departamento de al lado, en el edificio de enfrente, en la casa de la esquina  o en nuestro propio hogar. Mujeres cuyas vidas entrevemos en la letras de un mail, en charlas de chat.

De esas mujeres que pasan por nuestras vidas, dejando una marca imborrable, o quizás apenas un leve roce.

De esas de quienes sabemos muy poco y que  llevan en su historia grandes alegrías o insondables tristezas.
Acerca  de ellas tratarán estos relatos.

ANA I 
Mañana lloraré 


Como todos los días, Ana estaba en el dormitorio frente a la computadora. Ejercía con empeño la tarea de fingir que se estaba comunicando con el mundo. Veía, leía en realidad, lo que decían sus amigos virtuales. Hablaban de trabajo, hijos, nietos y de su vida.
Veía desfilar ante sus ojos la concreción de lo que había deseado desde su más tierna infancia y que no había podido tener, una familia, hijos, nietos. La mesa grande de los domingos, hasta había hecho coincidir el día de su boda con el cumpleaños de su madre para seguir su idea de familia unida.
Todavía recuerda cuando, días antes de su casamiento, guardaba la ropa en valijas para llevarla al nuevo hogar. Estaba con su hermana mayor e iba descartando los vestidos que le parecían muy ajustados pues suponía que el año siguiente estaría embarazada y no podría usarlos. El hombre propone y Dios dispone, dice el refrán y así fue que pasó que Ana nunca tuvo hijos y, peor aún, jamás consumó su matrimonio. Este último hecho fue un secreto que guardó celosamente durante años, usando su salud como excusa.
Es que, cómo iba a decir que su marido sufría de impotencia desde antes de casarse. Que se habían casado porque el psiquiatra y el sexólogo habían dicho que la convivencia facilitaría la relación. Sentía que debía proteger la hombría de su marido imputándose la culpa de la falta de hijos. Durante años dijo que los remedios que tomaba eran nocivos para la concepción y sólo cuando su médico la autorizara ellos podrían pensar en tener hijos. ¿Por qué será que las mujeres sienten la necesidad de proteger a sus hombres? Quizá porque piensan que la inseguridad afecta aún más la potencia de su compañero.

Ella decía que su novio era un buen hombre, una muy buena persona y que merecía ser feliz. Y ella sería la encargada de esa misión. ¡Cómo se equivocó!

Hoy, a la distancia, se da cuenta que ambos se equivocaron. Él fue el primero cuando, aprovechando una apuesta, la invitó a tomar un café. Eran compañeros de oficina y se veían a diario, Ana no estaba muy segura de si debía aceptar la invitación, pero finalmente la aceptó.

Carlos no respondía en lo más mínimo a la imagen que ella tenía de quien esperaba por compañero. Menos le gustó cuando, al despedirse el le dio un ligero beso en la boca, pero proyectó su vientre hacia delante hasta rozar el suyo. No fue un roce prolongado pero le pareció fuera de lugar.

Cuando entró a su casa ya estaba arrepentida de haber aceptado la invitación. Pensaba en cómo debía comportase al día siguiente, cuando se encontraran en el trabajo. No sabía lo que tenía que hacer. Ana tenía muy poca experiencia en relaciones sentimentales pues, aunque era bonita, no había tenido muchos pretendientes en su adolescencia y juventud. Todas sus amigas se habían casado y ella era la única soltera. Nadie decía nada sobre esta situación, pero ella sentía que era inferior. Toda su vida se había sentido fea, poco atractiva y era muy insegura. Lo ocultaba bajo una falsa seguridad y cierto esnobismo. Para los que la rodeaban era la rara, la intelectual, la… En realidad nunca estuvo segura de lo que pensaban de ella. Sus amigas nunca le habían presentado un muchacho y eran muy pocos los que habían hecho un pequeño acto de galanteo.

Ana no entendía por qué. Aún ahora no lo entiende. Por eso dudaba ante el avance de Carlos. Era el primer hombre que parecía realmente interesado en ella y tenía miedo de equivocarse si lo rechazaba.

Al día siguiente, Carlos la siguió tratando con deferencia y ella empezó a sentirse mal pues los demás empleados, que eran compañeros de Carlos desde hacía más de diez años, empezaron con las sonrisas de complicidad y frases de simpatía hacia la incipiente relación. Empezó a sentirse atrapada. No sabía como dar término a lo que recién empezaba sin dejar en una situación incómoda al hombre.

Siguieron saliendo y poco a poco ella empezó a quererlo. Se había sentido muy sola toda su vida, fuera de lugar siendo el número impar en todas las reuniones. Ahora había un hombre junto a ella. Alguien con quien caminar del brazo por la calle, entrar a un restaurante o un cine. Alguien que la quería. Y ella había necesitado desesperadamente sentirse querida, sentirse reafirmada en la mirada del otro. Dejar de ser la pobre chica que no consigue un novio para ser Ana y Carlos, la pareja…

Mejor no sigo recordando –murmuró-, ya debe estar hirviendo el agua de la pava. Suspirando cerró Outlook, apagó la computadora y se dirigió a la cocina. La angustia le cerraba el pecho y pugnaba por convertirse en un ronco sollozo. Trató de alzar un muro entre sus recuerdos y la realidad.

Mañana lloraré – dijo, recordando aquella película de Susan Hayward sobre la vida de la cantante Lilian Roth, que tanto la había impactado en su infancia.

Esa frase era su mantra. Recordaba a la pequeña niña, llevada a la fuerza al escenario por su madre mientras le decía: Mañana llorarás, ahora tenés que cantar. Recordaba a la niña hecha mujer, agostada por el dolor y las desilusiones. A la mujer alcoholizada diciendo: “Mañana lloraré”, antes de entrar al escenario. Por eso, mientras se preparaba un café, repetía una y otra vez, con una forzada sonrisa en los labios temblorosos: Mañana lloraré… Mañana lloraré…

Mañana... ¿Será otro día?

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo

Buenos Aires, 9 de octubre de 2010
Derechos Reservados

Película basada en la autobiografia de la actriz y cantante Lillian Roth (Susan Hayward, nominada al Oscar), narra su ascenso al estrellato de Hollywood en su adolescencia y su rápido descenso a los infiernos del alcoholismo tras no poder superar la muerte del que iba a ser su marido. (FILMAFFINITY)

lunes, 30 de agosto de 2010

A mis amigos y seguidores

A mis amigos y seguidores

Les informo no he podido publicar pues me encuentro sin pc desde el 13 de agosto.
Saludo a todos y espero estar con ustedes a la brevedad.
Rorry, la Charo

jueves, 5 de agosto de 2010

Abrir una puerta para dar la bienvenida.






Señoras y señores





Continúo con el ciclo de conferencias sobre el tema "Abrir una puerta”.

Ya habíamos hablado, en nuestra primera conferencia "De cómo abrir una puerta", de las puertas y la causa de su existencia. También hablamos del proceso previo de ubicación en el espacio necesario para abrirlas..

Hoy, nos vamos a referir al tema "Abrir una puerta para dar la bienvenida”.

Generalmente invitamos a nuestra casa a familiares, amigos (o a quienes que consideramos amigos hasta que un evento fortuito nos demuestre que no lo eran o, que dejaron de serlo). También a aquellos con quienes mantenemos un desencuentro o una negociación de índole comercial.

Damos la bienvenida a quienes hemos invitado por el placer de estar con ellos, pero también existe la posibilidad de que debamos abrir las puertas de nuestra casa para tratar un asunto de negocios y para recibir a una visita inoportuna o sea alguien que llega sin ser llamado.

En el primer caso, es seguro que hemos pasado el día acondicionando nuestro hogar para recibir al invitado, y estamos esperando su llegada con ansias. Cuando llegue el invitado, antes de abrir la puerta, daremos un vistazo a nuestro derredor para comprobar si todo está en orden. ¿Los muebles brillan, un perfume a limpio predomina en el ambiente, mezclado con los deliciosos aromas que llegan de la cocina? Perfecto, el escenario para recibir al invitado está listo y dispuesto para el momento agradable que esperamos compartir con los recién llegados.. Entonces si, y despues de acomodar nuestra ropa y nuestro peinado... Bajamos la palanca del picaporte, atraemos la puerta hacia nosotros y abriéndola de par en par, recibimos a nuestros invitados con una amplia sonrisa.

En el segundo caso, no siempre daremos la bienvenida a alguien que nos es grato. Muchas veces, por razones de negocios, debemos recibir a personas de quienes desconfiamos o peor aún, con quienes tenemos un problema que resolver. En este caso procuraremos que nuestro hogar, igual que en el caso anterior, luzca prolijo y arreglado. Sin embargo, puede pasar que por descuido, haya quedado en el camino del visitante algún objeto con el que pueda tropezar y provocarle una caída. Si nos interesa sobremanera terminar la entrevista con éxito, deberemos revisar cuidadosamente con la mirada el lugar antes de abrir la puerta para evitar esos momentos de incomodidad.

Es interesante hacer notar que mientras que en el primer caso el sonido del timbre genera en nosotros el pensamiento: ¡Por fin! y que la pregunta que haremos al abrir la puerta será: ¿Qué pasó? ¿Por qué demoraron tanto?, en este segundo caso el timbre generará en nosotros una especie de bufido de resignación y ansiedad unidos a las palabras “ya llegaron” y el ceremonioso “Bienvenidos, pasen por favor” mientras los hacemos entrar.

No olvidemos que, antes de girar el picaporte para abrir la puerta, debemos contraer ligeramente los músculos risorios a fin de recibir a los invitados con una sonrisa. No es necesario que sea una sonrisa plena, basta con que apenas se vean los incisivos superiores e inferiores. Es importante además que la sonrisa parezca espontánea pues, de no ser así, puede convertirse en una mueca lo que generará en el recién llegado una sensación de incomodidad que puede perturbar el normal desarrollo de la reunión, al no sentirse bienvenido y el fracaso de la negociación para la que ha sido invitado.

A fin de evitar este inconveniente se considera positivo el practicar esta sonrisa de bienvenida, repetidas veces ante un espejo hasta lograr el gesto espontáneo que se desea.

El último caso, y el más complicado es el de abrir la puerta y dar la bienvenida al visitante inoportuno. En este caso se producirá una sensación de angustia, molestia y desasosiego. Recorremos con la mirada el ambiente y notamos el desorden en que se halla. Las flores secas en el florero, un suéter tirado sobre el sofá, un cuadro torcido y los juguetes de los niños amontonados en un rincón. Al mirarnos en el espejo vemos nuestro pelo atado en un nudo desprolijo y el equipo de gimnasia que usamos para estar en casa. No hay tiempo de nada y es muy difícil esbozar una sonrisa. Pensando -¿qué demonios viene a hacer a esta hora?, abrimos la puerta mientras esbozamos una sonrisa que más que mueca es una amenaza y decimos: -¿Qué haces por aquí? ¡No te esperaba! con la íntima esperanza de que se dé cuenta de que molesta y se vaya pronto.

De todas formas y para todos los casos, recomiendo abrir la puerta con una sonrisa espontánea y una actitud abierta a nuevas experiencias pues nunca sabemos que sorpresa nos puede traer el visitante, ya sea esperado, que venga por un asunto de negocios o haya llegado de sorpresa.

Hago constar que no me detengo a hablar del tema de “cómo dar la bienvenida a un amor u amante”, pues considero que este es un tema personalísimo, que debe ser manejado por cada uno de acuerdo a lo que crea más oportuno.

Estimados concurrentes, quedo a disposición de ustedes para evacuar cualquier duday también me declaro abierta a cualquier sugerencia sobre un tema a tratar en la próxima conferencia.

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo

Buenos Aires, 5 de agosto de 2010
Derechos Reservados

lunes, 19 de julio de 2010

Desencuentro


DESENCUENTRO

(Microcuento)





Cuando se conocieron él le hablo de tener una historia.
Pero ninguno sabía lo que el otro entendía por historia.


Y mientras él esperaba una sucesión de apasionados encuentros entre penumbras y sábanas revueltas, ella imaginaba un final al estilo de las películas de Hollywood en que ambos, tomados de la mano, caminan por la playa con un fondo de nubes doradas que presagian un futuro compartido.


Como es de suponer, esta historia no tuvo un final feliz
 
María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo 
 
Buenos Aires, julio de 2010
Derechos Reservados 

jueves, 1 de julio de 2010

Solución del Juego Literario

Amigos:
Lamentablemente nadie pudo descubrir cuál era la característica que diferenciaba el texto "Y se murió el Potro"




Esta esta la solucion








Para que puedan comprobarlo, les pego el link de la entrada "Y se murió el Potro" http://derorrylacharo.blogspot.com/2010/06/y-se-murio-el-potro.html



Gracias a todos los que demostraron interés en el juego.


En el blog "Regalos que vienen, regalos que van", http://regalosquevienenyvan.blogspot.com/, hay un recuerdo para aquellos amigos que participaron brindando las posibles soluciones
Rorry, la Charo

 
Web Stats