"Son Cosas de la vida"

Porque sí, porque la vida lo quiso, soy así. Apasionada y dulce, analítica, pragmática. Acepto la realidad, no me engaño más. Ya me engané, ya me engañaron. Lo lamento, por ellos, no por mi. El dolor, como el sol, madura, forma. y por eso, porque sí... Soy asì.

martes, 31 de julio de 2012

Infeliz día del amigo






El veinte de julio se celebra el Dia del Amigo en mi país. Mas no fue por eso que nos reunimos sino porque hacía tiempo que nos debíamos esa reunión, postergada varias veces por complicaciones familiares o de trabajo. Esta vez las seis (Alicia, Susy, Cris, Lidia, Marta y yo), nos habíamos comprometido a estar presentes.



Decidimos que fuera en lo de Alicia, porque su hijo volvía del trabajo pasada la medianoche, lo que nos brindaba unas cuantas horas para hablar y parlotear sin ser escuchadas por oídos indiscretos.



El grupo era una extraña mezcla de vocaciones y personalidades: actrices y universitarias, Susanitas y Mafaldas(’), amas de casa y artesanas. Todas habíamos celebrado las bodas de oro con la vida. Yo era la mayor pues estaba recorriendo el camino que va de las bodas de platino a las de titanio. ¿No les parece una manera muy especial para decir que estaba más cerca de los setenta años que de los sesenta y cinco?



Amaneció con lluvia y así continuó durante el día. A la tardecita caía una suave garúa. Pasadas las seis de la tarde, cuando dejé mi casa, la vereda, tachonada por numerosos charcos, brillaba bajo las luces de las luminarias. En ese momento, presintiendo el dolor que recorrería mi pierna izquierda, cada vez que encontrara un desnivel en mi camino, tuve más ganas de volver a mi departamento, que de caminar hasta la avenida por esa calle húmeda y resbalosa. (Trato de olvidar el accidente y lo que pasó después, pero mi pierna se ocupa de traerlo a mi memoria cada vez que apoyo el pie. Ya pasaron dos años y todavía sufro las secuelas. En realidad creo que nunca voy a recuperarme del todo por más ejercicios que haga. Ya me habían advertido que las lesiones del tendón de Aquiles eran complicadas y que debía darme por satisfecha si podia caminar sin ayuda de un bastón).



Por suerte encontré un taxi antes de llegar a la avenida y, tras veinte minutos de viaje, llegamos a destino. Bajé del coche que se alejó rápidamente y tanteé la pared hasta encontrar el timbre escondido entre la verja y la mata de ligustro. La calle oscura y la lluvia, que era más intensa en este barrio, lograron que los pocos minutos que Alicia tardó en abrir fueran eternos.



Tras un zumbido se abrió el portón eléctrico y crucé el pequeño jardin hasta llegar a la puerta de la casa. Entré, y vi a Lidia y a Susana sentadas en un sillon del living. Nos abrazamos muy fuerte y, luego de los consabidos: ¡Que bien que estás! ¿Bajaste de peso? ¡Que buenos están esos reflejos!”, me saqué el abrigo y fuimos a la cocina para sentarnos en la rinconera de algarrobo.



Desde la rinconera controlábamos las dos puertas de acceso a la cocina por lo cual era el lugar perfecto para la complicidad y los secretos, el rincón de las lágrimas, las risas y las confidencias dichas en voz muy baja, mientras mirábamos de reojo por si aparecía alguien de la familia que no debía escuchar lo que contábamos.


Seis jarritos de cerámica esperaban sobre la mesa que nos unía, a la vez que nos separaba. Alicia trajo la cafetera y fue hasta el dormitorio para regresar con varios sobres llenos de fotografías, justo cuando Susana sacaba un album de bebé de su cartera. Fue como dar inicio a la reunión ya que sabíamos que Cris y Marta llegarían después de las nueve.



Las fotos pasaban de mano en mano mientras las palabras se mezclaban. Alicia hablaba de su viaje al Caribe, Susy alardeaba de la nieta recién nacida; Lidia,entre foto y foto se quejaba de su trabajo. Y yo,… Yo escuchaba.



Siguieron y siguieron, con variaciones del tema que cada una había iniciado: las playas de Méjico eran bellísimas, el jefe de Lidia acosaba a sus empleadas, Micaela (la nieta de Susana)tenía los ojos verdes y la melenita ensortijada, el Calendario azteca comprado en un pueblito de Yucatán era de turquesa; Marcos, el hijo de Lidia cambiaba de novias como de camisa; la salud de la mamá de Susy la tenía muy preocupada. Y yo…,Yo seguía escuchando.



Quería hablarles de lo bien que me había ido en el concurso de artesanías del Municipio de la Costa, de la mención de honor que me otorgaron en la exposición de Santiago, de lo mucho que había vendido cuando me invitaron a la Feria de la Recoleta, pero no me oían, no me registraban. Seguían inmersas en su argumento: los hijos, la familia, los viajes.



Hacía más de 15 años que las conocía y en ese tiempo habían hablado de la escuela primaria del menor, las salidas del hijo adolescente, el casamiento de los mayores y la llegada de los nietos. Lidia y Susy eran muy unidas, porque sus hijos menores tenían la misma edad y por ello, forjaron relaciones más íntimas. Muchas veces hablaban de cómo les iba en el colegio, otras de temas que tan solo ellas conocían o de reuniones a las que todas, salvo yo, habían sido invitadas. Eso no me extrañaba, pues hacía mucho tiempo que había comprendido que las mujeres solas, ya fueran viudas, solteras o divorciadas, no eran muy bien recibidas en las reuniones y salidas de las parejas casadas.



A las nueve llegó Cris. Poco después Marta llamó para avisarnos que no vendría pues no podía zafar de un problema en la oficina. Entonces Alicia trajo los sándwiches, las gaseosas, los platos descartables y las servilletas de papel que había comprado, ya que por decreto del grupo, ninguna de nosotras tenía que cocinar, lavar platos u otros enseres cuando estábamos reunidas. Ese fue el único momento de la noche en que permanecimos calladas. Terminamos con un café, esta vez doble, con crema, canela y chocolate.



Fué el momento de hablar de maridos, novios, amigos y amantes. Encuentros y desencuentros, ilusiones y desilusiones, agobio y liberación. Maridos aburridos, hijos rebeldes, nueras encantadoras, consuegras insoportables. Hombres que rehuían el compromiso y otros que, al contrario, estaban sospechosamente interesados en comprometerse, pues el miedo a la soledad los impulsaba a buscar cobijo y compañía en los últimos años de su vida.



Parecía que se habían acabado todos los temas cuando, y como si le hubiera hecho efecto el alcohol que no tomamos, Alicia se volvió hacia mí para decirme:
 -Anita, no dejo de observarte desde que llegaste y, la verdad, tengo que decirte que ese color de pelo y el corte que te hicieron te queda estupendo. Mucho, pero mucho mejor que el que usabas el año pasado. – Las demás asintieron agregando que era cierto, que el pelo lacio entristecía mi expresión, que el color que tenía antes endurecía mis facciones, que ese era el largo que más me favorecía y otras cosas por el estilo. Creí que habían terminado de opinar.

 
Sin embargo, lo peor vino después, cuando Alicia dijo:


-Ahora , volves a verte como una de nosotras, como la señora fina que eras cuando te conocimos. Antes, con el pelo lacio y oscuro parecías… Perdoná, pero lo digo porque te quiero, parecías barata, una cualquiera, una prostituta.


Cris y Susana intentaron contradecirla, detenerla. Pero ella no se dio por enterada y agregó:


Para colmo, el pelo oscuro, resaltaba tu pelada.



Si me preguntan que pasó después, no puedo decirlo con certeza, porque en vano intento recordarlo. Creo que estaba en shock. Me quedé callada, incapaz de responder porque era incapaz de entender lo que me había dicho. Una de las chicas, no estoy segura quien, quiso menguar el momento de tensión diciendo no sé que cosa.


Lo que si recuerdo, es que después de un rato de conversación tomé otro café, pagué mi parte del gasto y pedí un taxi para volver a casa.



Las palabras de Alicia resonaban en mi cabeza: “barata, cualquiera, prostituta“. Una más insultante que la otra, ascendiendo en el nivel de agravio. Pero la que más me descolocaba por lo inesperada era “pelada”. Pelada es un término virtualmente desconocido en el universo femenino. Es tabú, impronunciable. Creo que nunca lo había oído enunciar con respecto a una mujer, y ahora lo escuchaba como atinente a mi persona.


No entendía pues nadie, ni mi peluquero, me había dicho que estaba perdiendo el pelo. ¡Si al contrario, me decía que tenía demasiado cabello cada vez que me peinaba!



Ya en la cama y antes de dormir, pasé revista a lo que había ocurrido esa noche y me dí cuenta de que, aún cuando yo creía participar de la conversación, todo el tiempo mis amigas hablaron y hablaron de ellas y sus cosas. Que cuando yo quería contarles algo, alguen me interrumpía con una acotación y cambiaban de tema.


Que no me preguntaron cómo estaba, Cómo andaban mis cosas, mi familia, mi vida sentimental. En fin, no se interesaron por mí. Y que no era la primera vez que me pasaba. Muchas veces había tenido la sensación de ser más testigo que protagonista de nuestras reuniones.



Para colmo, anoche me habían agredido con una acotación insolente y desubicada. Con palabras que me descalificaban, palabras dichas sin medir el dolor que podrían causar. Porque decirle a una mujer, a cualquier mujer, lo que ella había dicho de mi, es denigrarla, descalificarla, debilitar su imagen corporal y su auto estima. Y eso es lo que Alicia había hecho conmigo, me había herido con total impunidad invocando un mal entendido aprecio y las otras, mis amigas, no se esforzaron demasiado por reparar su imprudencia.



Como dije antes, no puedo recordar nítidamente lo que pasó desde que oí las palabras de Alicia hasta el momento en que subí al taxi para regresar a casa.



Solo hay una cosa de la que estoy segura:
Esta fue la última vez que me encuentro con ellas.

Rorry, la Charo
María del Rosario Márquez Bello


Buenos Aires, 31 de julio de 2012
Derechos Reservados








domingo, 3 de abril de 2011

Amalia, mi amiga



Amalia, mi amiga



"Lo bueno de ser un discapacitado auditivo es que no te molesta la afición de tu vecino por el rock pesado. Lo malo, es cuando te das cuenta por las miradas de tus interlocutores que dijiste que te gustaba la pornografía, creyendo que hablaban de la campaña “Amamantar a tu hijo, es fortalecer su futuro”. Las palabras que dijo Amalia el día que nos conocimos, se grabaron en mi memoria, por la irónica tristeza que trasmitían.


Nos encontramos en la confitería Las Violetas. Una vez allí, nos dimos cuenta de lo complicado que era sostener una conversación coherente. La dificultad no estribaba tanto en su sordera, sino en que nuestras palabras se perdían entre el rumrum de las voces de los parroquianos rebotando contra las paredes revestidas en mármol del salón.


Amalia, en esos momentos rondaba los cincuenta años, parecía ser una persona inteligente, vivaz, con infinitas ganas de compartir y comunicarse; abierta a nuevas experiencias que le permitieran avanzar en el camino del conocimiento. Sus ojos, inquietos y vivaces, escudriñaban en derredor y contemplaban con calidez a su interlocutor. Creo que, de no ser porque ella lo decía, nadie hubiera advertido su problema hasta el momento de entablar una conversación.


Limitada por la hipoacusia, Amalia tuvo que hacer elecciones dolorosas pero necesarias, para evitar momentos de desasosiego. Ver una película sin subtítulos era algo a lo que había tenido que renunciar, por la angustia que sentía al perder parte del diálogo y, por ende, no comprender íntegramente lo que acontecía en el film. Lo mismo sucedía con las conferencias, la música, el teatro y también con las reuniones.


Cualquier reunión era un desafío, en su intento por diferenciar del ruido ambiente las palabras de su vecina de mesa. Amalia tenía siempre una sonrisa dibujada en los labios. Con ella intentaba demostrar que participaba de la conversación general. Dije una sonrisa en los labios porque en los ojos se advertía, el desconcierto y la soledad. En muchas de esas reuniones se sentía aislada, como en una isla en medio del mar; sobre todo cuando cansados en su intento por hacerse comprender, sus vecinos de mesa, le daban la espalda y se ponían a conversar con otros comensales. Y ahí quedaba Amalia, sola en su mundo de uno, perdida en un maremágnum de sonidos confusos, con un sinfín de ideas, sueños y vivencias que no podía compartir con los demás.



Como las dos intentábamos incursionar en el mundo de la literatura, resolvimos concurrir al taller literario organizado por la conocida escritora Elisa Argayaras, a quien yo conocía de talleres anteriores. Elisa, que también era sorda, no había renovado su viejo audífono, pues tenía problemas económicos. Esto hacía que a veces, viviéramos incómodas y graciosas situaciones cuando el chirrido del audífono irrumpía en la sala, tapando sus palabras. Incómodas ya que no hay nada más molesto para quien sufre alguna discapacidad, que ser puesto en evidencia por la misma y graciosas porque Elisa acomodaba el audífono con displicencia y sorteaba el mal momento diciendo algo con el humor irónico que la hacía tan especial.


En el cálido ambiente del taller, e impulsada por Elisa que había vislumbrado las condiciones de Amalia, ella empezó a escribir cuentos y relatos en los que volcaba sus ilusiones y experiencias. Se presentó en cuanto concurso hubiera y, gracias a su capacidad, perseverancia y talento, fue ascendiendo por el camino del reconocimiento público.


Hoy es una escritora de renombre, a la que invitan a múltiples reuniones del mundo social y literario. Como no tiene por costumbre asistir, cuando lo hace su presencia es sumamente valorada y, en cuanto llega, se ve rodeada por un mar de gente que desea conocerla, sacarse una foto con ella, o aunque más no sea, su autógrafo.


Como siempre, desde que somos amigas, yo la acompaño. Amalia quiere que esté con ella en esos momentos. Ella quiere y necesita que esté cerca, porque se reconocer en su mirada, cuando me pide auxilio porque se siente perdida entre el confuso y estridente murmullo que la rodea.


Entonces, acudo a su lado, y la ayudo, como otras veces, a retirarse del lugar con elegancia.

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo


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Buenos Aires, 3 de abril de 2011
Derechos Reservados

sábado, 26 de marzo de 2011

¡Capucha!...

(ANSIAS DE LIBERTAD- Fotografía de Fernando Prieto)

24 de marzo. Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia

¡Capucha!
 (Versos libres)

¿Eres?... .¡No eres!...
¿Existes?... ¡No existes!
La pregunta taladra,
traspasa la capucha,
que siento esbozada...

Capucha...
siniestra palabra,
trágico recuerdo
que horada la historia.

¡Capucha! ¡Capucha!
Gritan los guardianes...
¡Capucha! ¡Capucha!
 Tiemblan los cuerpos
y gimen las almas.

Atado, amarrado,
las manos enhiestas,
rígidas, arqueadas.
Parece que llaman...
Parece que claman.
¿Temen la picana?

¡Capucha!... ¡capucha!
Imagen siniestra.
Espera...
¿Qué esperas?...
Aterradora espera...

Firme taconeo,
llegan los guardianes.
Silbando, cantando
tonadas marciales.

Capucha...Capucha
imagen siniestra.
No ves, no te miran,
No existes, no eres...
Te llaman: ¡Capucha!

Bajo la capucha,
aún crees, aún sueñas
con los tiempos libres,
el viento en tu pelo,
el sol en la cara.

Te mientes, lo sabes,
pero igual persistes.
Aun crees que un día,
volverás a ser
 aquel hombre que mira de frente,
 sin bajar la vista
por miedo al tormento.

Capucha, te dejo.
Me alejo.
No puedo mirarte,
porque me desgarra,
contemplar tu imagen
de decapitado.

María del Rosario Márquez Bello


Capucha o Tabicamiento: "La tortura psicológica de la "capucha" es tanto o más terrible que la física, aunque sean dos cosas que no se pueden comparar ya que una procura llegar a los umbrales del dolor. La capucha procura la desesperación, la angustia y la locura."
(NUNCA MAS - Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas/Editorial Eudeba)

 
Buenos Aires, 26 de marzo de 2011
Derechos Reservados

viernes, 21 de enero de 2011

Ella y Vos




Ella y  Vos





Ella recorria el camino con pasos largos,
buscando avariciosa el horizonte.
Tú dibujas las paredes con las manos,
procurando adivinar dónde te hallas.

Ella soñaba un futuro feliz y luminoso,
colmado de proyectos y aventuras.
Tú vives un presente oscuro y azaroso,
lleno de incertidumbres y de ocasos.


Son una, lo sabes... Más no lo son...
Sufrieron desengaños y crearon utopias,
ella se quedó con un quizás, un yo podría.
Tú te convertiste en un triste ya no puedo.
Ella fue caudal de ilusiones y promesas y
tú eres un cúmulo de proyectos cercenados.



El excentrico juego de la vida,
hizo de ti  una hoja al viento.
Te llevó una mañana hacia la niebla,
 para dejarte, en un remanso,
esperando  el ocaso que se acerca.



Tras las nubes que empañan tu mirada
ves transcurrir la vida de los otros.
No te ofendas, no digo que te rindes,
sino que aceptas resignada tu destino.


¿Y cuál ese destino?- me preguntas-
Y yo contesto: Ser solo un testigo
 de la vida y no la protagonista.


María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo


Buenos Aires, 19 de enero de 2011
Derechos Reservados

miércoles, 5 de enero de 2011

de Mujeres II.. Después de la Creciente

Otro relato de una serie de relatos cuyo tema serán las mujeres.

Mujeres que cruzamos en la calle, en el supermercado o en el subterráneo. Mujeres de las que, a veces, sólo percibimos el rastro de su perfume cuando subimos al ascensor. Mujeres que viven en el departamento de al lado, en el edificio de enfrente, en la casa de la esquina o en nuestro propio hogar. Mujeres cuyas vidas entrevemos en la letras de un mail, en charlas de chat o intuímos en una noticia.
De esas mujeres que pasan por nuestras vidas, dejando una marca imborrable, o quizás apenas un leve roce.
De esas de quienes sabemos muy poco y que llevan en su historia grandes alegrías o insondables tristezas.
Acerca de ellas tratarán estos relatos.



Alto Verde, 26 de abril del 2010


Querida Hermana...

Te escribo desde nuestra casa, si se puede llamar casa a lo que encontramos... Las paredes y el techo, sólo eso... ¡Ah no!, me olvidaba, en un rincón del dormitorio, llenos de barro, basura y todo lo que puedas imaginarte, estaban la cama y el viejo ropero con la madera curvada por el agua.
Desde el bote se veía todo bien... ¡Nuestro ranchito estaba en pie!...Por suerte el Tomas pudo hacerlo de material, pero cuando entramos... ¡no tenemos nada, Ramona! Ni una olla quedó. Contamos sólo con lo poco que pudimos llevarnos al escapar de la crecida y lo que nos dieron en el refugio. Pero este es otro cantar...
En estos momentos vestimos de prestado. Casi todo lo que nos dieron era muy usado e incompleto. Al vestido de la Jésica le faltan varios botones, y ¿donde se consiguen botones en este momento? Como mandaron pocas zapatillas y los zapatos se le mojaron cuando entró agua al bote, mi pobre chiquita anda descalza. El Juancito tiene un vaquero dos talles más grandes, y tres remeritas de algodón puestas una encima de la otra. Poco abrigo para el mes de marzo, ¿no te parece? Algunas personas creen que donar es como tirar a la basura,.. ¡Si no cómo podes explicarte que entre los zapatos había sandalias de taco alto para nosotros, que estamos chapoteando en el barro!.. Por suerte, yo conseguí un batón desteñido y unas ojotas.
Esta vez no nos llevaron a la escuela, sino que terminamos en uno de los galpones del ferrocarril. Allí, separados por colchas, lonas y sábanas colgadas de unos alambres que iban de pared a pared, pasamos siete días espantosos, con el calor que bajaba del techo de chapa de día y el vientito helado que se colaba por los tablones mal unidos de las paredes, en cuanto bajaba el sol. Vinieron periodistas de la capital y nos enfocaban con sus cámaras como si fuéramos bichos en exhibición. Lo que más les gustaba filmar era a los chicos, sucios y mal vestidos. ¡Almitas de Dios! ¿Cómo iban a estar limpios si apenas teníamos agua para sacarnos la sed?



Recién ahí apareció el intendente y empezó a repartir pañales y bidones de agua.
Cuando llegó el momento de volver nos dieron poca mercadería. Algo de grasa para fritanga, harina, yerba, unas frazadas y un colchón de una plaza. ¡Para los cuatro! ¿Qué te parece? ¿Se creen que los pobres tenemos suficiente con esto? Por suerte se acordaron de la leche en polvo, ya que la vaca desapareció... ¿A dónde habrá ido a parar la pobre?.. Seguro que estará en el fondo del río junto a los chanchos y las gallinas... ¡tanto esfuerzo perdido, Hermana!
Cuando llegamos al caserío, los chicos se tiraron del bote y fueron corriendo hacia el fondo. Buscaban al Poroto y a la Negra. No pararon de llamarlos hasta que les dije que se habían ido cuando vieron que el agua subía. Mentí, es cierto, pero no podía decirles que seguro estaban flotando aguas abajo junto a tantos otros.
Ramona, querida hermana, tengo que decirte algo muy triste... Con la prisa por irnos, olvidé llevarme la foto del casamiento de los viejos. Así que esa foto, que salvamos tantas veces del agua, esta vez se nos perdió Ya no nos queda ninguna imagen de los viejos, ni un recuerdo de nuestra infancia, sólo aquellos que guardamos en la memoria.
Entre todos estamos limpiando la casa y sus alrededores. Por suerte don Juan, nos prestó un gallo y dos cluecas así que pronto tendremos huevos. Para todo lo demás dependemos de los que nos pueda dar la Intendencia. Es muy feo precisar de otros para comer, pero no hay otra solución. Espero que Dios nos ayude y, con el tiempo, salgamos adelante.
Ramonita, con mucha vergüenza, me veo obligada a pedirte unos pesos, los que puedas... No es por mí, ni por el Tomás, que nos podemos arreglar con muy poco, es para los chicos, para comprarles alguna ropita y un poco de carne ya que hay muy poca pesca, a las gallinas no las podemos tocar y don Manuel no nos puede fiar por ahora, ya que el agua le llevó todo lo que tenía en el almacén. Si no podes, lo entiendo y te pido entonces que le pidas a Tata Dios que nos dé una manito para salir de esta situación.
Muhos besos de los chicos y el Tomás y un abrazo de
Tu hermana, Juana

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo
Buenos Aires, 5 de enero de 2011
Derechos Reservados






lunes, 29 de noviembre de 2010

En la Playa



Miraba a dos chicos que estaban jugando a la pelota en la playa, y de pronto, uno me dio un pelotazo en la nariz.
Hubo una explosión de colores y no supe más de mí. Cuando recuperé el conocimiento, estaba rodeada por un grupo de personas.
¡Qué barbaridad! –decía una gorda de malla roja y capelina de paja- ¿Cómo dejan jugar a los chicos a la pelota en la playa.
¿Estás bien? –preguntó ansioso el cuarentón de la carpa de al lado, con el que había cambiado algunas miraditas el día anterior.
Estoy mareada. Creo que me rompieron la nariz –contesté, mientras pensaba: no hay mal que por bien, no venga. Por fin me habla-.
No sé cuánto tiempo estuve sin conocimiento. Lo que sí sé, es que tenía los labios dormidos l y la nariz me palpitaba como si fuera a explotar.
En eso, llegó el bañero con el médico del hotel. Y, mientras éste me revisaba, el bañero alejaba a los que me rodeaban.
No creo que haya fractura –dijo el doctor, mientras palpaba mi nariz.
¿Está seguro? –pregunté- Me duele mucho.
Seguro, si. No hay fractura. Le va a doler bastante –me contesto.
¿Tengo que ir al hospital? –pregunté a duras penas, porque los labios se me hinchaban cada vez más.
No. No es necesario-replicó -, con el analgésico que le voy a recetar y unas compresas frías, va a estar como nueva en unos días. Eso sí, le recomiendo no dormir durante veinticuatro horas.
¡Veinticuatro horas! ¿Cómo hago doctor? Estoy sola la ciudad. No conozco a nadie que me ayude a mantenerme despierta por veinticuatro horas.
A ver –dijo el -, dirígiéndose a quienes nos rodeaban- ¿Alguien puede acompañar a la señorita?
Si, yo -dijo el cuarentón, que entre nosotros, estaba muy bien -, soy Víctor, el dueño de la marisquería que está en la rambla. Si usted lo permite, quisiera ayudarla en todo lo posible. Me siento responsable del accidente, ya que fue uno de mis hijos el autor del pelotazo.
Le agradecí, tratando de sonreir con los ojos ya que no sentía la boca, al mismo tiempo que le extendía la mano para que me ayudara a levantar.
Me tomó la mano y ese fue el comienzo de nuestra historia.
Hoy, luego de 30 años de feliz convivencia con él, todavía nos reímos cuando vemos como tengo la cara en la foto que una turista me sacó en la playa, pensando que era un notición para el periódico local.
Y más nos reímos cuando el hijo mayor de Víctor, acota: Ése fue el mejor pase que dí en mi vida.-
 
María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo
 
Buenos Aires, 29 de noviembre de 2010
Derechos Reservados

domingo, 21 de noviembre de 2010

Cuestion de peso





Pasaron diez minutos, veinte y veinte más. A medida que amainaba el efecto del whisky bajaba también el volumen del entusiasmo, dejándolo expuesto al hostigamiento de una duda cruel: ¿se habría arrepentido Eloísa? O peor aún, ¿se habría tomado a broma una cita que él, ingenuo, había venido a cumplir religiosamente?
Era esa hora en que el cielo se pinta de lila antes de caer la noche. Habían quedado en encontrarse a las cinco y ya eran las seis de la tarde. Pidió un café y volvió a abrir la notebook. Era una manera elegante de no quedar en evidencia si ella no se presentaba. Quiso conectarse a Internet pero recordó que allí no tenían wi-fi. Se quedó mirando la pantalla. Stonenhenge... siempre lo había fascinado ese paisaje, la solidez de las piedras contrastando con el cielo azul en medio de la llanura era como una alegoría de la soledad. Llamó al mozo para pedirle soda. Al mirar hacia la ventana vio su figura reflejada. No pudo evitar sentir la angustia que lo dominaba cada vez que tomaba conciencia de su apariencia.
Tenés que bajar de peso -había dicho su amigo Simón el día anterior cuando le habló de la cita- Podes ser el más grande de los poetas, pero la gordura es un obstáculo para conquistar a una mujer. El, como otras veces, no estuvo de acuerdo. Confiaba en su poder de seducción, en su labia y los poemas que les recitaba a través del teléfono.
Había en la línea de encuentros en que se había registrado, varías mujeres subyugadas por sus palabras y esperaba que a alguna de ellas le fuera indiferente su voluminosa presencia. ¿Acaso la apariencia de una persona es más importante que su ser interior, integridad y ternura?
Por eso le había interesado la presentación de Eloísa: -“Te propongo que seamos amigos. Que compartamos un café, caminatas y charlemos. Lo demás… el tiempo lo dirá”-. Le envió un mensaje que ella contestó al día siguiente, le gustaba su voz y su manera de pensar. Habían hablado horas y horas. Se conocían íntimamente. Sabía de sus gustos y pesares, de su familia, amigos y trabajo. Habían llegado a sentir un gran aprecio el uno por el otro. Esto les hizo tener cierta expectativa por un futuro en común y empezaron a fantasear un encuentro.
Finalmente llegaron a un acuerdo y se citaron en la confitería Las Rosas. Él tendría sobre la mesa la notebook y un ejemplar de su libro de poemas, y ella llevaría un vestido color malva. Marcelo le había anticipado que tenía algunos kilos de más, no se animó a decirle qué eran más de cincuenta) y Eloísa le dijo que también estaba un poquito excedida de peso. Rieron mientras se hacían mutuas bromas y, luego de cortar la comunicación, el confió en que su sobrepeso no sería un problema.
Perdida la mirada en el cielo azul de Stonehenge no se había percatado de que alguien le estaba hablando.
-Hola, cómo estás. ¡Por fin nos encontramos! -dijo una voz conocida, mientras una montaña de color malva se derramaba sobre la silla que lo enfrentaba. ¿Era Eloísa? ¿Su Eloísa? Pues sí, no había duda. La realidad superaba en mucho a la peor de las imágenes que de ella se había hecho. Obesa, tan obesa que parecía que la piel iba a estallar ante el esfuerzo de contener su gordura. Los ojos azules apenas se entreveían y la boca, también de color malva, pugnaba por emerger entre dos abundantes cachetes. Eloísa no tenía cuello, este había sucumbido envuelto por capas y capas de grasa. Marcelo estaba desolado. Otra vez lo habían engañado. El no podía tolerar una mujer tan abundante. No sabía por qué, pero las mujeres gordas lo inhibían, lo des-erotizaban. Quiso disimular lo que sentía pero era incapaz de mantener una conversación coherente.
Eloísa no se dio cuenta de lo que pasaba y siguió hablando. Llevada por los nervios del momento hablaba y hablaba. Le contó de lo difícil que había sido conseguir un coche que la llevara hasta la confitería, de lo pequeña que era la silla, de la mesa en la que apenas podía apoyar los brazos. El hombre respondía con monosílabos y una sonrisa cortés.
Así continuaron bajo las miradas de los que los rodeaban, unos molestos porque la dulce voz de Eloísa se había convertido en un sonsonete fastidioso y otros porque su corpulencia les hizo apiñarse junto a sus compañeros de mesa.
Justo cuando la mano de ella se había acercado a la de él, como una invitación a la caricia, Marcelo recibió una llamada por el celular. No fueron muchas las palabras que cambió con su interlocutor.
Cuando terminó de hablar le dijo a Eloísa que debía reunirse con el editor de su próximo libro, para aclarar algunos puntos del contrato. Hizo un gesto llamando al mozo mientras le manifestaba la pena que sentía por tener que irse antes de lo pensado.
La ayudó a levantarse de la silla y salieron zigzagueando con dificultad por el estrecho pasillo que los llevaba a la puerta, provocando oleadas entre los ocupantes de las mesas que estaban en su camino, cuando trataban de eludir el bamboleo de sus caderas.
Una vez en la calle, esperaron hasta que pasó un coche lo suficientemente cómodo y se despidieron con la promesa de seguir la charla esa noche por medio de la línea de encuentros. Ninguno le pidió al otro el número de teléfono particular.
Exhalando un profundo suspiro Marcelo vio como se alejaba el taxi, mientras pensaba en lo oportuno que había sido al pedirle a su amigo Simón que lo llamara a las siete de la tarde.
Volvió a su casa. Apenas dos cuadras, pero el paso tardo que le imponía su obesidad hizo que demorara más de veinte minutos. Una vez allí, fue al dormitorio y mientras se cambiaba pensaba como salir del paso. No le gustaba Eloísa, no se veía viviendo con una mujer tan gorda.
Regresó al living, se sentó en un sillón y luego de un rato llegó a la conclusión de que lo mejor era cerrar la casilla y desaparecer sin dar explicaciones. Era una pena porque había varias mujeres con las que le hubiera gustado probar suerte, pero no tenía ganas de toparse con ella.
Decidido, alzó el teléfono y marcó el número de “Buscando amor”. Había varios mensajes, entre ellos uno de Eloísa en el que le decía que no la buscara más porque era un mentiroso. Que le había dicho que tenía unos kilos de más y era un gordo vergonzante, que se había sentido muy incómoda en la confitería al ver como los miraban y, lo más importante, que a ella no le gustaban los gordos.
Marcelo no podía creer lo que oía. Furioso oprimió la tecla del teléfono para responderle. No pudo, la voz impersonal de la locutora de la línea dijo: “Esa casilla ya no existe”. Eloísa le había ganado de mano. Colgó el teléfono y, silbando bajito, fue a la cocina, sacó del freezer un pote de helado y la cuchara que guardaba, por si acaso, en el anaquel superior de la puerta de la heladera. Volvió al sillón y con el control remoto encendió el televisor. Abrió el pote y comió, como sin darse cuenta, mientras pensaba en lo que había pasado.
Decidió que ya era hora de bajar de peso porque estaba cansado de los problemas que le acarreaba su gordura..El lunes llamo al médico y le pido una derivación para la nutricionista –dijo, mientras iba a buscar otro pote de helado.


Eloísa, que le había enviado el mensaje desde el taxi, llegó a su destino. Entró en un edificio de oficinas y subió al tercer piso. Abrió la puerta de la oficina de redacción y se dirigió a la oficina de su jefa, saludando a sus compañeros con la sonrisa fácil que la caracterizaba. Ellos, ensimismados en sus computadoras apenas le contestaban. La puerta estaba abierta, así que entro y, se sentó en un sillón mientras decía:
-No hay caso, Celia. ¡Dijo que tenía unos kilos de más y era tan gordo que yo al lado de él parecía anoréxica! Éste fue el último intento, parece que es imposible dar con un hombre que no mienta en esa línea, sin importar clase social, cultura o inteligencia.. Cuando no son obesos, son calvos, tienen diez años más de lo que confiesan o están casados. Creo que ya hay suficiente material para el artículo sobre las líneas de encuentro y los hombres que pululan en ellas.
Después de hablar un rato sobre el título y la extensión que tendría la nota, fue a su escritorio y mientras se encendía la computadora, entreabrió el segundo cajón del escritorio. Ése dónde escondía los medallones de menta con chocolate. Abrió la caja y se puso uno en la boca. Se agachó simulando recoger algo del piso mientras lo tragaba casi sin masticar. Sintió como bajaba a duras penas por su esófago, se enderezó y atrajo hacia ella el teclado. Empezó a escribir mientras pensaba como había fracasado la última de sus esperanzas. Propuso ese tema, porque le permitía entrar a las líneas de encuentro telefónicas desde su oficina. Pero todo había sido en vano. Cuatro meses de pretendida investigación sólo habían servido para sentirse cada vez más humillada y discriminada por su gordura.
Volvió a meter la mano en el cajón y sacó otra menta, la desenvolvió y le dio un mordisco mientras se prometía: Mañana empiezo el régimen.-

María del Rosario Márquez Bello
Rorry, la Charo

Buenos Aires, 22 de noviembre de 2010
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