
Sacudió la cabeza para ahuyentar los recuerdos y puso manos a la obra. La fórmula decía: “Verter en un perol de cobre 4 puñados de polvo de cuerno de unicornio junto con la grasa del hígado de cinco aves del paraíso y llevar al fuego. Cuando la mezcla licue, agregar 4 pizcas de picaduras de crin de rinoceronte blanco y una copa de esencia de muérdago. Revolver bien y, retirando del fuego para evitar que se evaporen, añadir 10 gotas de lágrimas de tirano (es muy importante tomar esta precaución dado lo difícil que es hacer que un tirano llore).”
¿Sería esta pócima tan efectiva como le había asegurado Aristos, el Sabio? ¡Ojala! Porque solo así lograría recuperar su felicidad.. Dejaría de mentir y tendría derecho a gozar de su vida.. ¡Qué alto fue el precio que pagó por ese instante fatal en el que entregó su derecho a la felicidad, creyendo que así podría acercarse un poco más a la Verdad Suprema.
Bueno... la poción estaba casi terminada. Sólo faltaba el toque final... Exponerla al canto de un ruiseñor azul Fue hacia la jaula mientras recordaba lo que tuvo que entregar para obtenerlo. Era un especie muy rara, tan difícil de conseguir como los ojos de mandrágora o los tentáculos de la medusa del Mar Muerto. Tuvo que entregarle a Menebaldo 2 bolsas de oro y los resultados de las investigaciones que había hecho sobre la piedra filosofal durante 15 años... Pero nada era demasiado con tal de lograr su objetivo...
Finalizado el proceso, abandonó el sótano y untó, con una fina capa del ungüento, el pasamano de la empinada escalera que llevaba al aposento matrimonial.
Subió y desde lo allí llamó a su esposa. Llevaban ya 15 años de casados y catorce habían pasado desde aquel día en que, impulsado por su sed de conocimiento, cometió el error que ahora trataba de enmendar. Escuchó sus pasos y la vio llegar... Le pidió que subiera...
En respuesta a su llamado gibosa, con el pelo gris que semejaba un nido de serpientes, la nariz ganchuda, sostenida apenas por sus retorcidas piernas y con la mano apoyada en la embadurnada madera del pasamano, la horrible bruja subía, con dificultad, hacia él.
Después de contemplarla, el Hechicero cerró los ojos y pronunció las palabras finales del conjuro que podía devolverle la dicha perdida. Solo se oía el crujir de los escalones a medida que la mujer asentaba sus pies en ellos...
Cuando se animó a mirarla, el hombre vio que, peldaño a peldaño, su compañera se acercaba a él. Y vió como, gracias al hechizo, paso a paso, recuperaba la incomparable belleza que él había enajenado en aras de la sabiduría.
Ahora... yo te pregunto lector ¿Cuál crees que fue la actitud de la mujer, al recuperar la belleza perdida?...
22 de julio de 2009